La alusión no podía ser más directa a mí, porque Pito, de tan bruto como era, pecaba precisamente por el extremo contrario. Entendíla, dolióme, hice de tripas corazón, y dije al de Robacío:
—Por donde vaya otro hombre, iré yo: tenlo entendido así.
—Pos con eyu basta—replicóme—, y pechu al agua cuantu antis.
Se hizo una breve inspección de armas y municiones. De las primeras no llevaban los dos montañeses más que las escopetonas y unos cuchillos enormes, cuyas empuñaduras, de asta de ciervo, asomaban por encima de los ceñidores de sus cinturas. Los cartuchos con bala, toscamente preparados la noche antes por ellos mismos, los llevaban sueltos en los bolsillos del lástico, y los pistones a granel en las faltriqueras del pantalón: todo seguro y a la mano, como ellos decían. Yo les sacaba de ventaja el revólver y un cañón en la escopeta.
—Nunca dispari los dos a un tiempu—me recomendó Chisco—, y guardi el segundu pa si convien repetir en mejor sitiu, sin quitar el arma de la cara.
Fuera por haberme echado la cuenta del perdido, o porque hubiera realmente causa racional para ello, es lo cierto que llegué a tener gran confianza en la imperturbable serenidad de Chisco, y que no fui el último en romper a andar hacia la peña cuando éste dio la orden en estas palabras solemnes, después de santiguarse:
—¡A la mano de Dios!
Bajábamos los tres en ala y a buen andar, con los perros atados muy en corto, porque a medida que nos acercábamos al peñasco, costaba mucho trabajo contenerlos, y mucho mayor acallar sus latidos. Era plan acordado ya atacar a la fiera en su guarida, entrando por el lado izquierdo de la boca, y no convenía que los perros se nos anticiparan, por razones, que se habían discutido también.
Cerca, muy cerca ya del peñasco, el Canelo arrastraba materialmente a Chisco, que tiraba de él con todas sus fuerzas en sentido contrario, y ni amordazándole con una mano podía hacerle callar. La perruca faldera latía y vociferaba también, a su modo, y zarandeaba el cordel que la sujetaba a la manaza de Pito; pero temblaba mucho... aunque no tanto como yo. Era indudable que la fiera estaba en su guarida ¿Nos habría oído ya? ¿Saldría a recibimos a la puerta? Pero, a todo esto, ¿dónde estaba la puerta?
Al hacerme yo esta pregunta mentalmente, fue cuando Chisco se adelantó a Pito y a mí; y con encargo de que me colocara el último de los tres, comenzó a andar con mucha cautela y muy arrimado al peñasco, lo poco que nos faltaba de camino hasta la orilla de la quebrada. Canelo iba delante de él, loco de inquietud, olfateando en el suelo y en el aire, batiéndose los ijares con el rabo y con medio palmo de lengua fuera de la boca cuando no latía. Chorcos no estaba menos sobreexcitado que el sabueso, y seguía a Chisco pisándole casi los tarugos traseros de sus abarcas. Canelo desapareció pronto al otro lado de la peña, y Chisco, después de detenerse unos instantes a observar desde la esquina, hízonos señas de que podíamos seguirle, y desapareció también. Entonces al avanzar nosotros, fue cuando pude yo darme la respuesta a la pregunta que me había hecho poco antes: ¿dónde estaba la boca de la caverna?