—¡Mal rayo la parta!

—¿Sabes lo que hicieron una vez conmigo?

—Sí que lo sé.

—¿Sabes que hoy es el día en que no me atrevo á poner los pies en la calle Alta si las columbro en el balcón, y que en dos ocasiones, por no haberlas distinguido bien, me dieron una corrida en pelo á todo lo largo de la acera?

—Así lo oí endimpués.

—¿Sabes que antes que verte casado con esa muchacha, serían capaces de prender fuego á la bodega, y á la casa, y á todos los de la vecindad?

—Por falta de mala entraña no quedaría.

—¡Y sabiendo todas esas cosas, Cleto de los demonios, me quieres meter á mí en la danza? ¿No me ves ya en el martirio? ¿No me ves atenaceado, con la saliva en la cara, las hieles en la boca y en tiras las carnes y el pellejo? ¡Cuerno, ó tú me quieres mal, ó no estás en tus cabales!

—¡Paño! pero si usté se cierra á la banda, ¿qué voy á hacer yo?

—Y á mí ¿qué me cuentas de eso? ¿Te ha parido el padre Apolinar, por si acaso? ¿Te debe el pan que come? ¿los hábitos que viste?... ¡Nada, hijo... lo de siempre! Los jolgorios y los tragos dulces, para vosotros solitos; y en cuanto hay una desazón ó una descalabradura, á buscarme á mí para que os quite el hipo ú os ponga la venda. Esas canongías me regalaréis. ¡Suerte de las personas, cuerno; suerte, y no más que suerte! Verdad que ese es mi deber, si bien se mira... Pero también es cierto que los deberes se han de cumplir con su cuenta y razón; y esto que ahora se me pide, es mucho más de lo regular... y no lo haré; y no, y no. ¿Lo quieres más claro todavía, Cleto?