Cleto bamboleó la cabeza, se levantó perezosamente de la silla, dió algunas vueltas al gorro entre sus manos, y murmuró sordamente palabras incomprensibles. De pronto enderezóse iracundo, y dijo al padre Apolinar, que se paseaba por la estancia:

—No sé yo lo que haré por mí solo en lo tocante al caso de ella; pero lo que es él, lo que es Muergo, pae Polinar, si á pura morrá no acaba, ha de fenecer de otro modo, ú se me aparta de allí.

—Hombre—respondió el fraile cuadrándose delante de Cleto,—si no fuera pecado mortal, te diría que puede que hicieras una obra de caridad... ¡Ave María Purísima! ¡qué barbaridades se le escapan á uno con estas marimorenas! No hagas caso, Cleto; no hagas caso de estos dichos al tunturuntún... ¡Pero vosotros tenéis la culpa, cuerno!... Con que vete; vete poco á poco; no tomes esas cosas tan á pechos; cálmate; duerme... si tienes en dónde; observa por la buena; déjate de ese animal, que ningún daño puede hacerte en lo que temes; perdónale... Y ¿quién sabe, hombre, quién sabe! Por lo más obscuro amanece; y... en fin, ya me daré yo unas vueltas por allá; iré palpando el terreno; y según yo le vea... con prudencia, se entiende, ¡con mucha prudencia!... te avisaré cuando deba avisarte. Y tú, entre tanto, la lengua y las manos quietas; mucho ojo á mí, ¡mucho ojo! y por el cariz que yo presente y el que vayas viendo en la bodega, y algo que yo te apunte cuando deba apuntártelo... ¡Ea! ya te he dicho bastante. Ahora vete, y déjame trabajar un poco, que bastante tiempo he perdido para lo que vamos ganando, ¡cuerno!

Salió Cleto algo más animado, pero no satisfecho, y se arrimó el fraile á la mesa. Sentóse; y mientras desdoblaba su manuscrito, después de haberle sacado de las entrañas de uno de los libracos, murmuraba:

—¡Con estos entretenimientos y estas preparaciones, haga usted cosa de substancia; busque latines al caso, y emperejile discursos que aturdan á los oyentes!

Después limpió la pluma de ave en la pechera de la sotana; probó el temple de sus puntos sobre la uña del pulgar de la mano izquierda; hizo una pantalla con los libros puestos de canto, para defender sus ojos de los rayos directos de la luz...

Y se le presentó delante el ama de gobierno para decirle:

—Ahí está la mujer de Capuchín, el de Prado de Viñas.

—Y ¿qué se le pudre á la mujer de Capuchín?—contestó el fraile.

—Que tiene el marido mucho peor.