—Pues que se lo cuente al médico, ¡jinojo!
—Ya se lo ha contado, señor, y por eso viene aquí.
—Mejor hiciera entonces en ir á la botica.
—¡Así tuviera con qué, la probe!
—¡Y será capaz de venir á que se lo dé yo!
—Una limosna pide.
—¡Pues á buena puerta llama! Pidiérala yo, Ramona, si no fuera por la vergüenza, ¡cuerno!
—Lo peor de todo es que en aquella casa no hay con qué dar una taza de caldo al enfermo... ¡ni una miga de pan, señor!...
—¡Ave María Purísima! ¡Ave María Purísima!... ¡Y tiene tres hijos y la mujer, y se cae de hombre de bien!...
Y mientras exclamaba así el bueno de pae Polinar, palpábase los bolsillos y hundía las manos después en el cajón de la mesa.