—Pero ¿qué jinojos ha de haber aquí!—murmuraba, sin dejar de palpar á tientas.—¡Si, por no tener, ni siquiera tiene cerradura muchos años hace!... Nada, Ramona, nada... ¡nada! Dile á esa infeliz que perdone por Dios, que yo no puedo socorrerla.

—Pues ¿y el duro de esta mañana?—se atrevió á preguntarle la sirvienta.

—¿Qué duro, mujer de Dios?

—El de la misa de don Andrés.

—Sí... échale un galgo.

—¡Desde esta mañana acá?

—«¡Desde esta mañana acá!...» ¡Qué cosas tienes! ¿Cuánto tiempo había de durarme?... Pues hasta que me le pidieran. Me le pidieron esta tarde en cuanto salí de casa, y me quedé sin él. ¡Cuerno! me parece que la cosa no puede ser más natural ni más corriente.

Íbase ya la criada con el triste recado para la mujer de Capuchín, y de pronto la llamó el fraile.

—Oye, Ramona—le dijo,—antes que te vayas, y por lo que sea: ¿qué tenemos para cenar?

—Para usté, carne con patatas.