—Pero tú, por tí misma, ¿no los temías?
—Y ¿por qué había de temerlos? Sentí mucho verlos donde los ví; pero no más.
—Y ¿por qué lo sentiste?
—Porque podía llegar la hora... que ha llegado ya...
—¿La de darme una lección como la que me estás dando?
—Yo no sé tanto como para eso, Andrés; y harto haré con responder al caso para defenderme, como es ley de Dios.
—Pero tú misma me has dicho que, una vez descubiertos mis malos pensamientos, no te tocaba á tí echarlos de esta casa.
—Sí que lo dije.
—Luego debo echarlos yo; es decir, largarme de aquí para siempre, puesto que los llevo conmigo.
—Ó venir sin ellos, que no es igual.