—Desde tiempo atrás.
—¡Silda!
—Lo dicho, Andrés. ¿No querías razones? Pues ya las tienes.
Andrés se quedó desarmado, y herido en lo más hondo de su conciencia. Sotileza lo conoció y se apresuró á decirle:
—Me prometiste no ofenderte con la razón que te diera. Cúmpleme la palabra.
—Y la cumplo—dijo Andrés, más con los labios que con el corazón,—y ni siquiera he de porfiar sobre el engaño de tus ojos cuando leían en los míos. Pero dime, Sotileza: ¿por qué cuando creíste descubrir en mí esos malos pensamientos no me lo dijiste, siquiera por lo que te ofendían?
—Porque, si no me engañaba el mirar, á tí te tocaba dejarlos fuera de esta casa, no á mí el echarlos de ella.
Otra estocada al pecho. Andrés no sabía ya de qué lado ponerse en aquella lucha sin una sola ventaja para él. Acudió á los consejos del amor propio, que era lo que con mayor fuerza se le iba quejando allá dentro, y dijo á la tenaz agresora:
—Luego, ¿no te amedrentaban esos pensamientos míos?
—Yo temía que los descubrieran las personas que los hubieran llorado como una desgracia para todos.