Andrés se quedó, por un momento, sin saber qué replicar á estas palabras tan crudas y terminantes. Después dijo, por decir algo:
—No basta, Silda, afirmar una cosa: hay que dar razones...
—Yo te daría, de buena gana—respondió la moza, conteniendo los ímpetus de su carácter,—una sola que valiera por muchas.
—Y ¿por qué no la das?—preguntóle Andrés, no tan valiente como parecía.
—Porque temo que te resientas.
—Te prometo no resentirme... ¿Por qué era verdad aquello?
—Porque conocía yo los malos pensamientos que te lo mandaron.
—¡Que los conocías!... ¿De qué?
—De habértelos leído muchas veces en los ojos.
—¿Cuándo!