Sotileza, mientras Andrés hablaba así, volvió á inmutarse; y apartando su silla media vara de la otra, dijo, en un acento y con una expresión imposibles de pintar:

—¡Andrés!... ¡mira que, por enmendarlo, vas á ponerlo peor!

—No sé cómo lo pongo, Silda—exclamó Andrés fuera de sí:—lo que sé es que tengo que decirte esto que te digo, porque me abrasa allá adentro si lo callo.

—¡Virgen! ¡Y con todo esto te atreverás á negar!...

—¡Yo no niego ni afirmo, Silda! Me pongo en todos los casos. ¡Ponte tú también!

—¡Pues porque me pongo en el que debo... me matas de pesadumbre, Andrés!

Y Andrés vió entonces en los ojos de Sotileza una expresión, y como un velo de rocío, que jamás había notado en ellos.

—¿Que te mato de pesadumbre!—exclamó deslumbrado.—¿Por qué?

—Porque no es así como yo quiero que seas para que yo te estime, sino como eras antes.

—Y ¿por qué no has de estimarme siendo como soy ahora?—preguntó Andrés, ciego por el despecho y la vehemencia.