—Porque, porque...—Y Silda, que no apartaba sus ojos de los de Andrés, se alzó rápidamente de la silla. Retrocedió dos pasos sin soltarla de la mano, y continuó así en una actitud que se imponía por la extraña mezcla de altivez y de súplica que había en ella.—¡Por la Virgen de los Dolores, Andrés, no me preguntes más de eso... y escúchame lo que me obligas á decirte! Tú sabes, tan bien como yo, que desde que me recogistes en la calle, me dan en esta casa, por caridá, mucho más de lo que yo merezco. Desvalida y sola me ví, y aquí tengo padres y amparo... Morirme puedo, como la más moza; pero ellos son ya viejos, y en ley está que yo vuelva á verme sola otra vez en el mundo. Para valerme en él, no tengo otro caudal que la honra... ¡Por el amor de Dios, Andrés! tú que sabes lo que vale, tú que me amparaste de inocente, ¡mira por ella más que ninguno!

—¡Robarte yo ese tesoro!—exclamó Andrés, sinceramente asombrado de la sospecha.

—Robármele, no—respondió al punto la callealtera, con gallardo brío:—eso, ni tú ni naide. Pero la aparencia basta, porque bien sabes lo que son lenguas.

Andrés estaba ya aturdido. Su vehemente irreflexión le llevaba de descalabro en descalabro; pero su veta era noble, y siempre respondía su corazón á las llamadas de lo más honrado. Además, era de todo punto inútil el empeño de imponerse con las fuerzas del despecho á una entereza tan indomable como la de aquella mujer, nunca bien conocida de él hasta entonces.

—En todo me vences hoy, Sotileza—la dijo en una actitud que se acomodaba bien al tono dulce y sentido de sus palabras,—y tales cosas me dices y tales razones das, que voy cayendo en la cuenta de que, con el mejor de los deseos, he echado en esta porfía algunas veces por caminos que no usan los hombres de bien. Acuérdate de lo que te juré al entrar aquí un rato hace: eso es lo cierto, á eso venía; lo demás ha ido saliendo porque... porque el diablo enreda las ideas y tira luégo de las palabras á su gusto, para perdición de las gentes. Olvídate de ello, Silda... ¡Olvídalo y perdóname!

¡Entonces sí que hablaba Andrés con el corazón en los labios! ¡Muchacho más impresionable!...

Conociéndolo bien Sotileza, le dijo, acercándose más á él:

—¡Eso es hablar en verdá!... ¡Eso es ponerse en justicia, Andrés! Y, mira, ahora que eres amo y señor de tí mesmo; ahora que Dios te corre la venda de los ojos, no esperes á que el demonio te la vuelva á poner... Vete, y déjame sola como estaba... que con ello y no más te perdonaré esas cosas con todo mi corazón...

Andrés se levantó de la silla, resuelto á marcharse. Los escozores del amor propio, nuevamente irritado con las últimas palabras de la callealtera, no le impidieron conocer el peso de la razón con que ésta deseaba alejarle de allí.

—Voy á darte gusto—la dijo.—Pero ¿llega tu intención hasta cerrarme la puerta para siempre en cuanto yo salga por ella?... Porque á eso no me allano, Silda; y, ahora que te he conocido, menos que nunca.