—¡No te amontones de nuevo, Andrés, por la Virgen del Carmen!... Yo no quiero cerrarte estas puertas para siempre, ni, aunque quisiera, podría, porque no mando en ellas... Lo que quiero, por demás lo sabes. No está todo el mal en entrar, sino en la ocasión que se busca para ello, porque hay ojos y lenguas que no viven más que de hacer daño. Y si yo, por quien soy, no te paezco bastante para que te mires un poco en ese particular, hazlo por esos probes viejos, que el día en que yo pierda la buena fama se morirán ellos de vergüenza.

—Silda—exclamó entonces Andrés en medio de uno de aquellos entusiasmos que le acometían tan á menudo,—¡no valgo yo lo que tú mereces!

Y sin atreverse á mirarla, porque verdaderamente estaba tentadora en aquel instante la huérfana de Mules, salió, como disparado, de la bodega.

¡Él, que había entrado allí creyendo que iban á trocarse los papeles del paso aquél de la arboleda de Ambojo! Pero ¿de dónde mil demonios había sacado la arisca y taciturna moza aquella sensibilidad y aquellos bríos, con los cuales acababa de darle tan soberana lección? ¿Cómo era posible que una mujer tan equilibrada de juicio y de tan altos pensamientos, fuera una zarza montuna con él y con las gentes que mejor la querían, y copo dulce de algodón cardado con una bestia estúpida como el horrible Muergo! ¿Á qué fenomenales inclinaciones obedecían aquellas notorias preferencias? ¿De qué barro estaba formada aquella mujer, que no tenía una amiga de intimidad en toda la calle; que no echaba de menos la compañía de ninguno; que parecía no conmoverse por nada, y que, sin embargo, era sensible é inteligente, y honrada, y agradecida, y animosa, y, al propio tiempo, solamente en un sér hediondo y abominable había depositado las únicas dulzuras destiladas voluntariamente de su corazón?

Así iba discurriendo Andrés desde que puso la planta fuera de la bodega; y tan abstraído le llevaba su discurso, que sus ojos no vieron á la sardinera Carpia que se cruzó con él diez pasos más abajo de la puerta; ni la mirada que le enderezó, de medio lado, parándose un momento; ni á sus oídos llegaron estas palabras que aquella furia soltó de su boca, con el santo propósito de que en la calle se oyeran las que debían oirse:

—¡Caraspia!... ¡Si va que ajuma!... ¡Yo lo creo!... El uno en la mar... La otra en la plaza... La señorona en su palacio... ¡Y vengan barquías!... ¡Y allá va la vergüenza por esas barreduras!... ¡Puáa! Pa ella, la grandísima puerca... ¡Ah, caraspia! ¡Si allego á estar en casa yo! Pero otra vez será, que al cebo que te engorda has de golver... En una así quería yo cogervos, á la mesma luz del sol, pa que vos alumbre en la cara la vergüenza, por poca que tengáis... ¡Puáa!... indecenteeees!

XIX