EL PEREJIL EN LA FRENTE
Á todo esto, el pobre Cleto no salía de sus ahogos. Pae Polinar había intentado en tres ocasiones cumplir la palabra que le dió de ir á sondear las voluntades del matrimonio de la bodega; pero nunca vió el camino libre de los estorbos que tanto miedo le infundían. ¡Siempre aquellos demonios de mujeres al balcón, ó atravesadas en la acera, ó vociferando en mitad de la calle! Y gracias que no le adivinaron las intenciones cuando, para mayor disimulo, bajaba ó subía á todo andar, como si sus quehaceres estuvieran muy lejos de allí. Cleto llamaba casi todos los días, al anochecer, á la puerta del exclaustrado, que bregaba allá dentro hasta sudar el quilo en la tarea en que andaba empeñado, para preguntarle:
—¿Hay algo de eso?
Y padre Apolinar le contaba lo ocurrido alentándole con buenas esperanzas para otro día. Después, Cleto, cabizbajo y tristón, se iba á pasar un rato á la bodega, donde hallaba á Sotileza algo pasmada, y á los viejos tan cariñosos como siempre. Nada se había oído allí, por las trazas, de aquellas morrás que se dieron él y Muergo en la obscuridad del portal. Desde entonces no habían vuelto á encontrarse más que en una ocasión, y esa dentro de la bodega y delante de la gente. Gruñeron por lo bajo y se espeluznaron al verse; pero esto no llamó la atención de nadie, porque no era nuevo en ellos.
La última vez que vió á pae Polinar, le dijo éste:
—Quisiera, Cleto del jinojo, que tomaras esas cosas con menos entusiasmo; porque no van tus ahogos á la conveniencia de los quehaceres míos... ¡que te digo que son de órdago!... ¡de órdago, cuerno!... Con que, ó templa la fragua, ó vete aguantando por la buena... Lo mejor sería que te aguantaras por la buena, porque es lo que más falta va á hacerte... Mira, Cleto, que, ó mucho me engaña á mí el ojo, ó ese bocado tan fino no está para tí. ¡Jinojo, si picastes alto! Y con esto, y con el réspez de toda tu casta... Te digo, Cleto, te digo que ni de propio intento hubiera amontonado el mismo demonio tantos inconvenientes delante del hipo que te consume... Y déjame que me vuelva á mis libros y á mis papeles, que el tiempo corre que vuela, y el sermón es de lo que hay que ver... ¡Si te digo que es de los de tres gavias, cuerno!
Todas estas reflexiones eran leña para el fuego en que se abrasaban las impaciencias de Cleto; y salió decidido á hacer, por sí solo, cuanto cupiera en sus fuerzas y en su discurso.
Andando hacia la bodega, encontróse, al abocar á la calle Alta, con el bueno de Colo. Á Colo le consideraba él, por ser mozo de buena entraña y mejor conducta, y también por aquel poco de latín que había estudiado años atrás. Eran muy buenos amigos; y por serlo, Colo le había entretenido muchas veces con el relato de sus amores con Pachuca, la hija menor de las tres que tenía su vecino Chumbao, patrón de la lancha en que andaba él. Si la primera leva no le alcanzaba, se casarían en seguida que se sacara. Todo estaba arreglado ya para eso. Cleto oía estas aleluyas muy á menudo, y con ellas se le hacía un agua la boca. ¿Quién mejor que aquel amigo, tan formal y tan experto en esas cosas, para oirle con cariño y ayudarle con un consejo?
Le abordó muy ufano; pero tal empeño puso, para encarecer su mal, en tomarle de muy largo, que el otro, pensando que le hablaba de cosas harto viejas y sabidas, atajóle en el relato para preguntarle, con acento del más vivo interés: