—¿Tú sabes lo que pasa, Cleto?

—¿Qué pasa?—preguntó éste, á su vez, con viva curiosidad, temeroso de que lo que pasaba tuviese alguna relación con lo que él iba refiriendo á su amigo.

—Pus pasa—dijo Colo,—que los de Abajo nus van á prevocar con una regata pa el día de los Mártiles.

—¡Pus que prevoquen, paño!—exclamó Cleto, dando con ira una patada en el suelo.—¡Pensé que era otra cosa!... Dimpués hablaremos de eso, hombre. Déjame antes finiquitar el relate.

Colo no se prestó á ello, porque iba muy de prisa, según afirmó á su amigo.

—Vengo—le dijo,—de la Zanguina, onde se estaba tratando del caso. Pa ellos, es ya hecho, si nusotros no ciamos. Una onza se ha de regatear por cuenta de los Cabildos. Paece ser que el Auntamiento da un quiñón güeno pa una cucaña ensebá... y too junto va á ser á modo de fiesta pa animar al señorío forastero que anda por ahí, y á las gentes de acá. Pa mi ver, quieren sacar el desquite de la que perdieron dos años hace, el día de San Pedro. ¡Como no saquen! Ahora voy corriendo á coger al Sobano en casa, pa decirle lo que hay... Mira que en su día se contará contigo, como la otra vez... Con que ojo, Cleto... y no hay más que hablar.

Y no habló más el animoso Colo, que picó calle arriba, dejando á su amigo con las hieles de sus penas entre los labios.

En seguida pensó en Andrés, resuelto á confiarle el secreto de su corazón; porque bien examinado el escrúpulo que le había impedido hacerlo antes, no era cosa de reparar en él. Pero Andrés no fué aquella noche á la bodega.

Al día siguiente se plantó en el portal de su escritorio, y allí se estuvo á pie firme hasta que le vió bajar.

Andrés parecía otro desde aquella conversación que tuvo con Sotileza, mano á mano y á solas en la bodega; quiero decir, que era menos estrepitoso en sus movimientos, no tan cascabel de palabra y mucho más distraído en el mirar. Á veces lanzaba el aire de sus pulmones con la fuerza de una racha de Sur, haciendo trémolos feroces y escalas atrevidísimas con los labios al darle salida, como si intentara quitar con esta música inverniza el dejillo amargo que para él tenían los pensamientos, de los cuales eran obra las infladuras de su pecho.