Cleto, que bastante tenía que hacer con los «jirvores» del suyo, sin reparar cosa alguna en el nuevo cariz de su pudiente amigo, no bien le tuvo á su lado, acordándose de lo mal que le había salido la cuenta relatando por largo á Colo sus pensamientos, espetóselos en cuatro palabras y en brevísimos instantes.
Un estacazo en la espinilla no le hubiera producido á Andrés tan viva, tan honda y tan repentina impresión como las declaraciones de Cleto. Le acometieron ganas de llenarle de improperios y hasta de darle dos bofetadas. ¡Atreverse un animal semejante á poner sus ambiciones en prenda de tan alto valor! ¡Y pretender, además, que le ayudara él á salirse con su descomedido empeño!... ¡Él, con lo que le había pasado!... ¡con lo que le estaba pasando!... ¿No parecía una burla de la pícara suerte que le andaba persiguiendo?
Pero se dominó, porque muchas razones le obligaban á ello, hasta el punto de que de su interna tempestad sólo notara Cleto algún que otro relámpago que chisporroteó en sus ojos. El atribulado mareante pensó que este chisporroteo era la señal de lo grande que parecía su empresa á la consideración desinteresada de un amigo tan bueno y tan rico como aquél. El cual amigo le confirmó sus sospechas bien pronto, pintándole tales dificultades, presentándole tan enormes obstáculos, diciéndole tales cosas y con palabras tan secas y tan duras, cerrándole, en fin, todos los caminos tan á cal y canto, y confundiéndose de tal modo con la amenaza muchos de sus razonamientos, que, comparado con el de Andrés, de rosas y mejorana le pareció al desdichado el dictamen de pae Polinar sobre el mismo pleito.
Apartóse de Andrés sin despedirse, y tan cargado de brumas el ánimo, que viéndolo todo negro y sin salida, se dió á [barloventear] por aquellos aborrecidos mares de Abajo, para distraer un poco la carga de su pesadumbre, discurriendo, de paso, el modo de echar cuanto antes un ancla siquiera en el codiciado puerto.
Y acertadísimo estuvo el pobre mozo al tomar aquella resolución, porque mientras él andaba voltejeando por el Muelle, y por detrás del Muelle, y junto á la Zanguina, y por la calle de la Mar, y los Arcos de Dóriga, y calle de los Santos Mártires, y la Ribera, y la Pescadería, de la cual acababa de marcharse tía Sidora, Muergo y Sotileza estaban solos en la bodega, mientras tío Mechelín, de vuelta del estanco, echaba una pipada á la puerta de la calle.
Muergo había parecido allí más temprano que lo de costumbre, porque la noticia dada por Colo á Cleto era cierta en todas sus partes, y quiso, tan pronto como llegó á sus oídos con señales de formalidad, ponerla en conocimiento de su tío.
Preguntó por él á Sotileza en cuanto entró en la bodega.
—Salió á comprar tabaco,—dijo la moza.
—Pus me alegro, ¡puño!—repuso Muergo.—¿Y mi tía?
—En la plaza. En seguida vendrá.