Entonces, como si se hubieran puesto instantáneamente de acuerdo los ocho personajes que le rodeaban, gritaron unísonos y con cuanta voz les cabía en la garganta:

—¡Á que sí!

Y como vieron al fraile rascarse nervioso la cabeza y alumbrar un testarazo á Muergo, lanzáronse todos en tropel á la escalera, que, angosta y carcomida, retemblaba y crujía, y no pararon hasta el portal, donde se examinó el regalo del padre Apolinar.

Después de convenir todos en que no era cosa superior, dijo Andrés á Silda:

—Para cuando volvamos de San Martín, ya habrá estado pae Polinar en casa de tío Mocejón, ó en otra casa... De un brinco subo yo á preguntarle lo que haya pasado. Tú me esperas aquí, y bajo y te lo cuento. No te dé pena, que ya lo arreglaremos entre todos. Ahora, vámonos.

La niña se encogió de hombros, y Muergo, apretándose el nudo de la driza del chaquetón, dijo enseñando los dientes y revirando mucho los ojos:

—Yo voy tamién, en cuanto deje estos calzones á mi madre.

—Y yo tamién,—añadió Sula.

Silda llamó burro á Muergo; Guarín, Cole y los demás dijeron que se iban, quién al Muelle-Anaos, quién á las lanchas, quién á otros quehaceres, y Muergo á dejar los calzones en su casa, y se separaron á buen andar.

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