—Es decir—exclamó el bendito fraile, cruzándose de brazos delante del protector y de la protegida,—que éramos pocos, y parió mi abuela. ¡Cuerno con las gangas que le caen al padre Apolinar! Desavénganse las familias; descuérnense los matrimonios; escápense los hijos de sus casas; aráñense los dos Cabildos; enamórese Juan sin bragas de Petra con mucha guinda... húndase el pico de Cabarga y ciérrese la boca del puerto... aquí está el padre Apolinar que lo arregla todo, como si el padre Apolinar no tuviera otra cosa que hacer que enderezar lo que otros tuercen, y desasnar bestias como las que me escuchan. Y ¿quién te ha dicho á tí, Andresillo, que basta con querer yo que se recoja á esta muchacha en una casa honrada, para darla por recogida ya? Y ¿qué sabes tú si, aunque eso fuera posible, querría yo hacerlo? ¿No lo hice ya una vez? ¿Ha servido de algo? ¿Me lo han agradecido siquiera? Pues sábete que negocios ajenos matan al alma; y de negocios ajenos estoy yo hasta la corona, ¡hasta la corona, hijo... y más arriba también!... ¡Cuerno con el hinojo de mis pecados!...
Aquí se dió dos vueltas el fraile por el cuarto, mientras las ocho criaturas se miraban unas á otras, ó se desperezaban algunas de ellas, ó se aburrían las más; y después de retorcerse dos veces seguidas dentro del vestido, detúvose delante de Silda y de Andresillo, y les dijo:
—De modo que lo que vosotros queréis es que ahora mismo os acompañe á casa de Mocejón, y le hable al alma y le diga: aquí está el hijo pródigo que vuelve arrepentido al hogar paterno...
—Á mí no—interrumpió Andrés con viveza;—á ésta es á quien ha de acompañar usté. Yo me voy ahora mismo á San Martín á ver entrar á mi padre, que debe estar ya si toca ó llega.
—Y yo me voy contigo—dijo Silda con la mayor frescura.—Me gusta mucho ver entrar esos barcos grandes...
—Entonces, cabra de los demonios—replicóla fray Apolinar, cuadrándose delante de ella,—¿para quién voy á trabajar yo? ¿Qué voy á meterme en el bolsillo con ese mal rato? Si á tí no te importa lo que resulte del paso que me obligáis á dar, ¿qué cuerno me ha de importar á mí?... ¡Pues no voy, ea!
—Á que sí, pae Polinar,—le dijo Andrés, mirándole muy risueño.
—¡Á que no!—respondió el fraile, queriendo ser inexorable.
—Á que sí,—insistió Andrés.
—¡Cuerno!—replicó el otro casi enfurecido,—¡pongo las dos orejas á que no, y á reteque no!