—Es callealtera,—añadió Andrés.
—¡Dale, y van cuatro!—exclamó el presbítero.
—No tié padre... ¡ju, ju, ju!—graznó el salvaje Muergo.
La niña le remedó, según costumbre.
—Se ajuegó en San Pedro del Mar en la última [costera] del besugo,—dijo Cole.
—Ni madre tampoco tiene,—añadió Sula.
—La recogió de lástima un callealtero que se llama tío [Mocejón],—expuso Andrés.
—¡Ta, ta, ta, ta!...—exclamó el padre Apolinar al oirlo.—Luego esta muchacha es hija del difunto Mules, viudo hacía dos años cuando pereció este invierno, con aquellos otros infelices... ¡Pues pocos pasos dí yo, en gracia de la Virgen, para que te recogieran en esa casa!... Hija, no te conocía ya. Verdad que no recuerdo haberte visto más de dos veces, y esas mal, como lo veo yo todo con estos pícaros ojos que no quieren ser buenos... Corriente; pero ¿de qué se trata ahora, caballero Andrés?
—Pues yo—respondió éste, dando vueltas á la gorra entre sus manos,—la dije, al oir lo que me contó: «vuélvete á casa.» Y ella me dijo: «si vuelvo me desloman; y no quiero volver por eso.» Y dije yo: «¿qué vas á hacer aquí sola?» Y dijo ella: «lo que hagan otros.» Y yo dije: «puede que no te peguen.» Y dijo ella: «me han pegado muchas veces... todos son malos allí, y por eso me he escapado para no volver.» Y yo, entonces, me acordé de usté, y la dije: «yo te llevaré á un señor que lo arreglará todo, si quieres venir conmigo.» Y ella dijo: «pues vamos.» Y por eso la traje aquí.
Á todo esto, la niña, cuando no hacía gestos á Muergo, recorría con los ojos suelo, muebles y paredes, tan serena y tranquila como si nada tuviera que ver con lo que se trataba allí entre el padre Apolinar y el hijo del capitán de la Montañesa.