—Yo nunca le oigo esas cosas... Malo, algo malo es; pero no hace daño á nadie. Anda en el bote del Castrejo, y me enseña á remar, y á echar [coles] y [tapas], y á descansar de espaldas y de pie...
—Sí, y á birlar los puros á tu padre para regalárselos á él; y á correr la escuela, y á andar en las guerras... y á muchas cosas más que me callo... ¡Pues buenas tripas se le pondrían á tu padre si al entrar hoy con la corbeta te veía en las peñas de San Martín en compañía de tan ilustre camarada! ¡Cuerno, recuerno del hinojo!
Andrés se puso muy colorado, y dijo, con la cabeza algo gacha:
—No, señor... Yo no hago nada de eso, pae Polinar.
—¡Como que te vas á confesar conmigo ahora!...—repuso el fraile con mucha sorna.—Pero ¡á mí de esas cosas, Andresillo?... En fin, ya hablaremos de esto en mejor ocasión. Ahora, sigue con el cuento. ¿Qué te dijo Cuco en el Muelle-Anaos?
—Á Cuco no le ví, porque andaba de flete con unos señores. Pero estaba ésta comiendo un zoquete de pan que le habían dado, de pura lástima, unos calafates, y me dijo que había dormido anoche en una [barquía], porque la habían echado de casa.
—Y ¿por qué?
—Porque le gusta mucho la bribia, y la pegaron.
—¡Guapamente, cuerno!... ¡Eso es lo que se llama una escuela de órdago para una mujer! ¿Cómo te llamas, hija?
—Silda me llamo,—respondió secamente la interpelada.