—¿Del Muelle-Anaos?—preguntó fray Apolinar, sin pizca de asombro.

—Sí, señor—respondió Andrés.—Van muy á menudo.

—Y él á la Maruca,—añadió Guarín.

—¡Cuerno con el rapaz, y qué veta saca!... Pero vamos al caso. Resulta, hasta ahora, que esta niña es callealtera, y que tú y esta granujería, á pesar de las respectivas vitolas, sois... tal para cual... ¿Y qué más?

—Que esta mañana avisó á mi madre el talayero que quedaba á la vista la Montañesa... y yo salí de casa para ir á San Martín á verla entrar... y llegué al Muelle-Anaos.

—¡Al Muelle-Anaos!... ¿No vivís ya en la calle de San Francisco?

—Sí, señor.

—¡Pues buen camino llevabas para ir á San Martín!

—Iba á ver si estaba allí Cuco y me quería acompañar.

—¡Cuco! ¿También eres amigo de Cuco, de ese raquerazo descortés y grosero, que me canta coplas indecentes en cuanto me columbra de lejos?... ¡Cuerno con la cría!