—Es callealtera...—repitió Cole,—y estaba hiciendo [barquín-barcón] en una percha que anadaba en la Maruca... Yo y Sula estábamos allí tirándola piedras desde la orilla. Dimpués, allegó Muergo... la acertó con un troncho, y se fué al agua de cabeza.
—¿Quién?—preguntó el fraile.
—Ella—respondió Cole.—Yo pensé que se ajuegaba, porque se iba diendo á pique... Y Muergo se reía.
—Y yo—saltó Sula,—le dije: «¡Chapla, Muergo, tú que anadas bien, y sácala, porque se está ajuegando!» Y entonces se echó al agua y la sacó. Dempués, la ponimos quilla arriba; y á golpes en la espalda, largó por la boca el agua que había embarcao.
—Y eso ¿es verdad, muchacha?—preguntó á ésta el exclaustrado.
—Sí, señor,—respondió la interpelada, sin dejar de remedar á Muergo, que volvió á reir como un idiota.
—Corriente—dijo el exclaustrado.—Pero ¿á qué vienes aquí, y á qué vienes tú, Andresillo, y por qué la traes de la mano? ¿En qué bodegón habéis comido juntos, y qué pito voy á tocar yo en estas aventuras?
—Es callealtera,—respondió muy serio el llamado Andresillo.
—Ya me voy enterando, ¡cuerno!—Tres veces con ésta se me lo ha dicho ya. Y ¿qué hay con eso?
—La conozco del [Muelle-Anaos]—continuó Andrés.—Baja casi todos los días allá.—Yo no sabía lo de la Maruca... ¡que si lo sé! (y enderezó á Muergo un gestecillo avinagrado), porque también conozco á éstos.