—No son cosa mayor—le dijo;—pero, al fin, son calzones. Dile á tu madre que te los arregle como pueda, y que no los ponga á secar en las Higueras cuando tenga que lavarlos; y si le parecen poco todavía, que se consuele con saber que á la hora presente no los tiene mejores, ni tantos como tú, el padre Apolinar... Con que, ¡vira, canalla, por avante!

Otra vez se revolvió el concurso, gruñendo y respingando como piara de cerdos que huelen el cocino al salir de la pocilga, y se pintaba en todos los roñosos semblantes el ansia de llegar á la escalera para examinar la dádiva de fray Apolinar, la cual conservaba aún el calorcillo que le había chocado á Muergo en ella al entregársela el pobre exclaustrado, cuando se abrió la puerta y se presentaron en el cuarto dos nuevos personajes. El uno era un muchacho frescote, rollizo, de ojos negros, pelo abundante, lustroso y revuelto; boca risueña, redonda barbilla, y dientes y color de una salud de bronce: representaba doce años de edad, y vestía como los hijos de «los señores.»

Traía de la mano á una muchachuela pobre, mucho más baja que él, delgadita, pálida, algo aguileña, el pelo tirando á rubio, dura de entrecejo y valiente de mirada. Iba descalza de pie y pierna, y no llevaba sobre sus carnes, blancas y limpias, en cuanto de ellas iba al descubierto, más que un corto refajo de estameña, ya viejo, ceñido á la flexible cintura sobre una camisita demasiado trabajada por el uso, pero no desgarrada ni pringosa, cualidades que se echaban de ver también en el refajo. Hay criaturas que son limpias necesariamente y sin darse cuenta de ello, lo mismo que les sucede á los gatos. Y no se tache de inadecuada la comparación, pues había algo de este animalejo en lo gracioso de las líneas, en el pisar blando y seguro, y en el continente receloso y arisco de la muchachuela.

En cuanto la vió Muergo, se echó á reir como un estúpido; Cole soltó un taco de los gordos, y Sula otro de los medianos. La recién llegada remedó á Muergo con una risotada falsa, poniendo la cara muy fea, sin hacer caso maldito de los otros dos granujas, ni del mismo padre Apolinar, que alumbró un coquetazo á cada uno de los tres.

—¿Á qué vienen esas risotadas, bestia, y esas palabrotas sucias, puercos?—dijo el fraile mientras largaba los coscorrones.

—Es la callealtera... ¡ju, ju, ju!—respondió Muergo rascándose el cogote machacado por los nudillos de fray Apolinar.

—La conocemos nusotros,—expuso Cole, palpándose la greña.

—Que de poco se ajuega, si no es por Muergo,—añadió Sula.

Muergo volvió á reirse estúpidamente, y la muchacha tornó á hacerle burla.

—¿Y por eso te ríes, ganso?—dijo el fraile, largándole otro coquetazo.—¡Pues el lance es de reir!