—¿Y no han secado todavía, hombre de Dios?
—Los royó una vaca, mientras mi madre destripaba una merluza que agolía mal.
—¡Castigo de Dios, Muergo; castigo de Dios!—dijo fray Apolinar rascándose el cogote.—Las merluzas que huelen mal, porque están podridas, se tiran á la mar, y no se limpian lejos de las gentes para vendérselas después, á medio precio, á los pobres como yo, que tienen buenas tragaderas. Pero ¿no quedó nada de los calzones, hombre?
—La culera—respondió Muergo,—y esa, en banda.
—Poco es—repuso el exclaustrado, revolviéndose dentro de su ropa, movimiento que era muy habitual en él.—¿Y no hay otros en casa?
—No, señor.
—¿Ni barruntos de dónde puedan venir?
—No, señor.
—¡Cuerno con el hinojo!... Pues así no puedes continuar, porque aun cuando te sobra paño para envolverte, á lo mejor se rompe la [driza]; tú no reparas en ello, y, si reparas, lo mismo te da... De modo que lo de siempre, hijo, lo de siempre: tú, que no puedes, llévame á cuestas, padre Apolinar. ¿No es eso? ¿No es la purísima verdad? ¡Cuerno si lo es!
Muergo se encogió de hombros, y fray Apolinar se metió en la alcoba. Oyósele pujar allá dentro y murmurar entre dientes algunos latinajos; y no tardó en aparecer, alzando la cortina, con un envoltorio negro entre manos, el cual puso en seguida en las de Muergo.