De esta manera, y tratando de responder á la misma pregunta, fueron diciendo sus motes los otros tres muchachos que había en el cuarto, ó séanse Cole, Guarín y Toletes. Acaso ninguno de ellos conocía su propio nombre de pila.
El cura, que los tenía bien estudiados, no acabó de perder la paciencia por eso. Los descerrajó cuatro improperios y media docena de latines, y después les dijo en santa calma:
—Pero la culpa me tengo yo, que me empeño en varear el árbol, sabiendo que no puede soltar más que bellotas. El que menos de vosotros lleva dos meses asistiendo á esta casa... ¿Á qué, santo nombre de Dios!... Y ¿por qué, Virgen María de las Misericordias!... Pues porque el padre Apolinar es un bragazas que se cae de bueno.
«Pae Polinar, que este hijo está, fuera del alma, hecho una bestia; pae Polinar, que este otro es una cabra montuna... pae Polinar, que esta condenada criatura me quita la vida á disgustos; que yo no puedo cuidar de él; que en la escuela de balde no le hacen maldito el caso... que éste, que el otro, que arriba, que abajo; que usté que lo entiende y para eso fué nacido... que enséñele, que dómele, que desásnele...» Y tres que me ofrecen y cuatro que yo busco, cata la casa llena de muchachos; y aguanta su peste, y explica y machaca... y cébalos para que vuelvan al día siguiente, porque yo sé lo que sucediera de otro modo... y hazlo todo de buena gana, porque esa es tu obligación, pues eres lo que eres, sacerdos Domini nostri Jesuchristi, por lo cual digo con Él: sinite pueros venire ad me; dejad que los niños se acerquen á mí... y ríase usted de la vecina de abajo, y del padre de éste, y de la madre del de más allá, que murmuran y corren y propalan que si salís de mis manos más burros de lo que vinísteis á ellas, como salieron otros muchos que vinieron á mí antes que vosotros... ¡Linguæ corruptæ, carne mísera y concupiscente!... Ríase usted de eso, como yo me río, porque debo reirme... Pero vosotros, alcornoques, más que alcornoques, ¿qué hacéis para corresponder á los esfuerzos del padre Apolinar? ¿Cómo estamos de silabario al cabo de dos meses?... ¡Ni la O, cuerno, ni la O se conoce en estas aulas si os la pinto en la pared! Pues de doctrina cristiana, á la vista está... Y como no quiero enfadarme, aunque motivos había para echaros uno á uno por el balcón abajo... vamos á otra cosa, y alabado sea Dios per omnia sæcula sæculorum, que lo demás es chanfaina.
Tras este desahogo, pasó fray Apolinar, sin dejar de pasearse, casi en redondo, con las manos cruzadas atrás, á lo que él llamaba lo llano y de todos los días: á preguntar á los granujas las oraciones más usuales y sencillas, para que no las olvidaran; lo único que había logrado meterles en la cabeza, aunque no bien ni del todo. Muergo no necesitó remolque más que tres veces en el Ave María; Cole dijo tal cual el Padre nuestro, y el que mejor sabía el Credo, entre todos ellos, no pasó, sin apuntador, del «su único Hijo.»
En vista de lo cual, fray Apolinar no le dió á Sula más que media galleta dulce; un botón del provincial de Laredo á Toletes, y un higo paso á Guarín.
—Del lobo un pelo, hijos—les dijo en seguida el pobre exclaustrado;—otra vez será menos... y peor. Y ahora... ¡hospa, canalla!... Pero aguárdate un poco, Muergo.
Los muchachos, que ya se disponían á salir, se detuvieron. Y dijo el fraile á Muergo, alzándole las haldillas del chaquetón:
—Esto no puede continuar así. Sin camisa, cuando hay chaqueta, vaya con Dios; pero sin calzones... ¿Á dónde han ido á parar los tuyos?
—Los puso antier mi madre á secar en las Higueras,—respondió Muergo á tropezones.