—¿Yo?... Yo soy [Muergo].

—Ni tanto siquiera, porque los hay en la playa con más entendimiento que tú... ¿Qué son personas?—repitió el cura, encarándose con el muchacho que seguía á Muergo por la derecha, también descamisado, pero con calzones, aunque escasos y malos, menos feo que Muergo y no tan bronco de voz.

Este muchacho, no sabiendo qué responder, miró al más inmediato, el cual miró al que le seguía; y todos fueron mirándose unos á otros, con las mismas dudas pintadas en la cara.

—¿De modo—exclamó entonces el cura, volviendo á encararse con el que seguía á Muergo,—que tampoco sabes qué eres tú?

—¡Eso sí, corflis!—respondió el muchacho, creyendo ver una salida franca para sus apuros.

—Pues ¿qué eres?

[Surbia].

—¡Eso te diera yo para que reventaras, animal!

—Y tú ¿qué eres?—añadió el cura, dirigiéndose á otro, de media camisa, pero sin chaqueta y muy poco pantalón.

—Yo soy [Sula],—respondió el interpelado, que era rubio y delgadito, por lo cual descollaba en él, más que en el fondo tostado de sus camaradas, la roña de las carnes.