—No los tengo.
—Los habrás jugado al bote.
—Tenía una [escota] y la perdí esta mañana.
El cura fué á la mesa y sacó del cajón un bramante, con el que á duras penas logró sujetar las dos remendadas delanteras del chaquetón, de modo que taparan las carnes del muchacho. En seguida le repitió la pregunta:
—¿Cuántos Dioses hay?
—Pues habrá—respondió el interpelado, volviendo á cruzar los brazos atrás,—á todo tirar, ocho ó nueve.
—¡Resurge de profundis!... ¡Ánimas benditas, qué pedazo de animal!... Y personas ¿cuántas?
Miró el bizco, á su manera, de hito en hito, al cura, que también le miraba á él como podía, y respondió, con todas las señales de estar poseído de la mayor curiosidad:
—¡Personas!... ¿Qué son personas, usté?
—¡San Apolinar bendito!—exclamó el sencillo clérigo haciéndose cruces,—¿con que no sabes qué son personas... lo que es una persona!... Pues ¿qué eres tú?