Poco á poco van tomando forma los dos bultos y aumentando los tamaños y apreciándose movimientos y colores... Ya pueden los ojos más inexpertos medir la distancia que separa las dos lanchas; y cuando la callealtera está sobre el banco del Bergantín, tiene la azul á más de [cable] y medio por la popa.

Ninguna de ellas ceja, sin embargo, en sus esfuerzos: en ambas se boga con el mismo coraje que al principio. Ya que una sola haya de vencer, que se estime por los maestros los méritos de la menos afortunada.

La callealtera avanza como un rayo, y llega á la boca del ancho canal; y desde allí, con los remos en banda ya, regida por su diestro patrón, se atraca á la lancha de la bandera. Arrebátala Cleto de un tirón, entre los hurras y el palmoteo de la gente; y sin perder su arrancada, la vencedora llega hasta la barquía de Mechelín; y allí Cleto, desencajado, reluciente de sudor, como todos sus camaradas, dice con su recia voz, trémula por el entusiasmo:

—¡Tómala tú, Sotileza!... ¡pa que la claves tú mesma con las tus manucas!

Y con aplauso de todos, compañeros y circunstantes, entrega la bandera, que en aquel momento era la honra del Cabildo de Arriba, á la hermosa callealtera, que la amarra con sus propias manos, como Cleto lo pedía, al pico del tajamar de la lancha triunfadora.—Muchos cohetes en el Círculo de Recreo y en la Capitanía, y muchos trompetazos y cohetes también en el quechemarín.

Mientras tía Sidora y su marido, locos de alegría, abrazan á Cleto, y también á Colo que se arrima allá para recibir los aplausos de Pachuca entusiasmada, se alza un coro de maldiciones en la barquía de Mocejón por la «desvergonzada» hazaña de su hijo, y llega hasta cerca de la boca del canal, para torcer el rumbo en seguida y desaparecer por detrás del Merlón, la lancha azul del Cabildo de Abajo.

La callealtera había recorrido seis millas en veinticinco minutos.

Cuando terminó esta primera parte de la fiesta, ya estaban sobre el puente del quechemarín, en cueros vivos, salvo la zona cubierta por un pintoresco taparrabo, los contendientes de la cucaña.

Muergo era uno de ellos, y andaba dado á los demonios porque acababa de presenciar desde allí el episodio de la barquía cuando más le estaba requemando la derrota de la lancha de su Cabildo. Pensaba vengarse de Cleto ofreciendo á Sotileza la bandera de la cucaña.

Por verle las gentes asomar al palo, se oyó una exclamación de asombro avanzar en oleadas desde la muchedumbre del Muelle hasta la que circundaba al quechemarín. Parecía un bárbaro australiano, ó un salvaje de la Polinesia.