En fin, la marea está en su punto; suena la música otra vez; bajan á las dos lanchas de respeto inmediatas á la escalerilla, personas de ambos pelajes, es decir, el marino y el terrestre; entran de popa en el callejón las dos lanchas del regateo; atrácase cada una de ellas á otra de las del jurado; sujétanlas allí sendos jueces, llamados señores de tierra, mientras las tripulaciones se ponen en orden y se aperciben á la liza; hácese la convenida señal... ¡y allá va eso!
La del Cabildo de Arriba, es decir, la blanca, va por la derecha. Á la segunda estropada, está delante de la barquía de Mechelín; y entonces, entre el crujir de [estrovos] y toletes, rechinar de remos sobre las bozas, el murmullo del torbellino revuelto por las lanchas y el gritar de los remeros, sobresale la voz de Cleto, que rema á proa, lanzando al aire estas palabras resonantes:
—¡Por tí, Sotileza!
Y Sotileza le vió tender su fornido tronco hacia atrás, y, con la fuerza de sus brazos, arquear el grueso remo de palma, como si fuera un acero toledano.
Nada respondió la rozagante callealtera con los labios, porque la emoción sentida con el lance le embargaba el uso de la lengua; y algo hubiera dicho de muy buena gana, ya que no por Cleto solo, aunque no dejó de estimar su cortesía, por el pedazo de honra cabildera que en el empeño se jugaba; pero, en cambio, el viejo Mechelín, vuelto al calor de sus entusiasmos por el fuego de aquellas cosas, agitó la gorra dominguera en el aire, y gritó con la voz de sus mejores tiempos:
—¡Hurra por tí, valiente... y por todos los de allá arriba!
Y las dos lanchas pasan, como si misterioso huracán las impeliera; y rebasan en tres segundos de la bandera de honor que las saluda flameando; y las dos estelas se confunden en una sola; y las puntas de los remos enemigos se tocan algunas veces; y caen y se alzan las palas de éstos sin cesar, y tan á tiempo, como si un solo brazo las moviera; y los troncos de los remeros se doblan y se yerguen con ritmo inalterado: de modo que hombres, remos y lancha, componen, á los ojos deslumbrados del espectador, un solo cuerpo regido por una sola voluntad.
Y así van alejándose, sin que el ojo más sutil pueda notar medio palmo de ventaja en ninguna de las dos. En ocasiones tales, suele decidir el resultado de la lucha una estratagema; algo como zancadilla á tiempo; una atracada de sorpresa, por ejemplo, cuando no se puede cortar el rumbo, en buena ley, á la más animosa; pero en este caso se juega limpio y á cartas descubiertas.
Á medio camino, ya se las ve más apartadas entre sí, ganando espacio á la derecha, porque el descenso de la marea comenzará pronto, y hay que contar con la deriva que las apartaría del rumbo conveniente si ahora enfilaran la peña por la proa. Dos minutos después, la simple vista no puede apreciar la diferencia entre sus colores; y un poco más allá, son dos bultos descoloridos, casi informes, y apenas se distingue el aleteo de los remos sino por el centellear del sol en los chorros de líquidos cristales que al levantarse destilan de sus palas.
Al fin desaparece una lancha detrás del islote, y en seguida la otra... y vuelven ambas á aparecer por el este del peñasco, conservando la primera la misma ventaja que al ocultarse las dos. Pero ¿cuál de ellas es la que viene delante? Muchos espectadores dudan: los que miran con catalejos de atalaya ó con gemelos de teatro, sostienen que la callealtera; y, según sus dictámenes, su ventaja es tal, que tiene ya ganada la partida sólo con no aflojar en la rema, aunque la otra redoble sus esfuerzos.