[3] La muerte del brigadier Buenaga, en un día de mucha resaca.
Quiero decir con todo esto y lo que me callo por no repetir lo que bien dicho tengo en no sé cuántos libros y ocasiones, que si entre los mareantes de acá el suceso de una regata, en los tiempos á que voy refiriéndome, causaba todavía las apuntadas impresiones, en la población terrestre también despertaba no poco interés, particularmente si, como acontecía en este caso, era muy señalado el día, y la salsilla agregada por el Municipio daba al espectáculo cierta apariencia de fiesta marítima. Cada Cabildo tenía sus partidarios en la ciudad; y en lides de aquella naturaleza, bien recio demostraba sus inclinaciones cada partidario.
Ello fué que, aunque había romería en los prados de Miranda, y el sol calentaba bien, á las dos de la tarde ya estaba á pie firme la primera hilada de curiosos sobre la misma arista del Muelle, desde el Merlón inclusive, hasta cerca de la Capitanía del Puerto. Poco después se formó la segunda fila; y en seguida la tercera, y la cuarta, y la quinta, siempre empujando las de atrás á las precedentes y culebreando entre todas los muchachos, y nunca perdiendo su aplomo la primera, ni zambulléndose en la bahía un espectador. Cómo se obra este milagro, nadie lo sabe; pero el milagro es aquí un hecho á cada instante.
Detrás de las cortinas tendidas sobre las barandas de los balcones, comenzaban ya las damas á colocarse en apretados racimos, dando la preferencia las de casa á las invitadas de fuera. En el fondo, rostros barbudos. Después iban desapareciendo poco á poco las cortinas, y aparecían, en su lugar, sombrillas y paraguas de todos los imaginables colores; con lo cual, cada balcón ofrecía el aspecto de una maceta enorme con flores colosales.
En el Muelle, entre la última fila de curiosos y las casas, buscando agujeros ó rendijas por donde colarse, la atolondrada familia del boticario de Villalón; explicando el intríngulis de la regata, que jamás han visto, á sus respectivas y emperifolladas esposas, el castizo harinero de Medina del Campo, ó el reseco magistrado de Valladolid; risoteando con su novio, la repullada sirvienta, y contoneándose los almibarados pollos, no tan encanijados como la crema de ahora, mientras lanzan pedazos de corazón á los balcones, con flechas de miradas mortecinas. De tarde en cuando, cohetes al aire desde el Círculo de Recreo y trasera de la Capitanía.
De pronto, la música de la Caridad resonando á lo lejos; después, más cerca, y luégo más cerca todavía... hasta que los menos torpes de oído pueden notar que viene tocando un paso doble, con bríos muy intermitentes. Las masas se revuelven hacia la escalerilla de los Bolados, á poca distancia del Merlón, y por ella bajan los músicos imberbes; y después, de lancha en lancha, de bote en bote y como Dios y su agilidad les dan á entender, llegan á encaramarse en el puente de un quechemarín que tiene por bauprés una percha ensebada: la cucaña del Ayuntamiento. Y vuelta á soplar allí los pobres muchachos... Y más cohetes desde allí también.
Las lanchas y los botes que rodean al quechemarín y se prolongan en ancha faja hacia el norte y hacia el sur, con otras lanchas y otros botes que hay enfrente, llenos de gente también, forman espaciosa calle, á uno de cuyos extremos, el de la escalerilla, están fondeadas dos lanchas en una misma línea, paralela al Muelle; y al opuesto, otra que tiene á proa una bandera con los colores de la matrícula de Santander, tremolando en un corto listón de pino. Aquella bandera será la credencial del triunfo, cuando la coja la lancha que primero vuelva de la Peña de los Ratones, distante de ella tres millas al sur de la bahía.
Sopla una ligera brisa del nordeste; y aprovechándola, voltejean en el fondo de este animado y pintoresco cuadro los esquifes de lujo con todas sus lonas y perejiles al aire. No falta el Céfiro, regido diestramente por Andrés, á quien acompañan sus amigos; pero no Tolín, que está en el balcón de su casa, muy arrimadito á la hija del comerciante don Silverio Trigueras. Á media distancia entre la lancha de la bandera del premio y el quechemarín de la percha ensebada, está, en primera fila, la barquía de Mechelín con toda la gente de la bodega y algunos agregados, los más de ellos por cuestión de amistad, y los menos para ayudar con el remo al veterano de Arriba. Pachuca con su saya nueva, y Sotileza hecha un espanto de buena moza, ocupan el lugar preferente, es decir, el centro de la banda que da al callejón despejado. Por una cruel disposición de la casualidad, la familia de Mocejón, puerca, regañona y solitaria, está en su roñosa barquía, dos botes más atrás que la de Mechelín.
De pronto se alza entre las gentes embarcadas y las de tierra un rumor que apaga los tristes jipidos de la música, y aparece como una exhalación, por el sur de la Monja y entre remolinos de espuma, una lancha blanca con cinta roja, cargada de remeros (ocho por banda), en pelo y con una ceñida camiseta blanca con rayas horizontales, por todo vestido de cintura arriba. Casi al mismo tiempo, y en rumbo contrario, aparece otra azul con faja blanca, por delante el Merlón, á rema ligera también, y tripulada de idéntico modo. Ambas van gobernadas al remo por el patrón respectivo, de pie sobre el panel de popa.
Las dos se cruzan como dos centellas, enfrente de la escalerilla, entre el alegre vocerío de los tripulantes; y se deslizan y vuelan, y marcan sus rumbos de gaviota gallardas curvas de blanca y hervorosa estela. Cualquiera de las dos sería capaz de escribir así con la quilla el nombre de su Cabildo. Después, la rema es despacio: picadas no más con la pala del remo... y vuelta á volar en seguida para quedarse de pronto con las alas tendidas al aire, meciéndose al blando vaivén de las aguas removidas. En estas evoluciones parecen corceles fogosos trabajados por sus jinetes para domar sus impaciencias antes de entrar en la arena del torneo. Y algo hay de esto en los hermosos escarceos de las lanchas antes del regateo, puesto que lo hacen los remeros para ir entrando en calor. ¡Entrar en calor así! ¡Y con la mitad de ello tendría sobrado un forzudo ganapán para no menearse en cuatro días!