—¡Alabao sea el Santísimo Nombre de Dios!—exclamó la marinera contemplando á su sobrino.—¡En los días de su vida discurrió el mesmo Satanás estampa como la que tienes hoy!
—¡Vaya, que paeces un gabarrón empavesao!—añadió tío Mechelín haciéndose cruces.
Con esto y lo que le había pasado poco antes, acabósele la paciencia á Muergo; el cual, con dos reniegos y una interjección brutal por toda despedida, largóse de allí resuelto á no parar hasta Miranda, en cuya ermita ondeaba, desde el amanecer, la bandera del Cabildo de San Martín de Abajo, y clamoreaba el sonoro esquilón, recreándose en todo ello los ojos y los oídos de los devotos mareantes que, paso á paso, iban acercándose allá por los atajos del breve y hondo valle intermedio.
XXII
LOS DE ARRIBA Y LOS DE ABAJO
El Sardinero, en cuyas soledades se alzó en breves días un edificio, uno solo, destinado á fonda y hospedería, había vuelto á quedarse desierto y abandonado de todos, por obra de un lamentable suceso[3] ocurrido en sus playas. Pasaban veranos, y solamente algún entoldado carro del país, que servía de vehículo y de tienda de campaña á tal cual necesitado de los tónicos vapuleos de las olas, se veía por allí de tarde en cuando; los bailes campestres, tan afamados después acá, andaban á la sazón á salto de romería, y ni siquiera cuajaban en todas ellas; comenzaba á no ser de mal tono entre las familias pudientes lo que en las mismas ha llegado á vicio de veranear en la aldea; un viaje á Madrid era empresa de tres días, y se contaban por los dedos los santanderinos que conocían de vista la capital de Francia; nos visitaban durante media semana los distinguidos herpéticos de Ontaneda, ó lo menos vulgar entre los reumáticos de las Caldas ó de Viesgo, al fin de sus temporadas, amén de unas cuantas familias «del interior» que por inexcusable necesidad venían á remojar sus lamparones en las playas de San Martín; y por lo tocante á la gente menuda, que no tenía vapores al Astillero, ni trenes á Bóo, ni tranvías urbanos, ni sociedades de baile por lo fino, ni otras recreaciones que tanto abundan ahora; ni estaban absorbidos los pensamientos de los unos por los arduos problemas sociales, ni se desvelaban las otras con los cuidados de remedar en usos y atavío á las señoras de copete, merendaba en el Verdoso ó en Pronillo, ó triscaba tan guapamente en el Reganche ó en los prados de San Roque, con variantes de paseo en los mercados del Muelle, cuando el tiempo no permitía lucir al aire libre los trapillos domingueros.