Muergo alargó la mano.

—Amáñate primero un poco los pelos,—le advirtió la resuelta moza, sacudiendo entre tanto, muy cariñosamente, el polvo de la gorra.

Muergo obedeció sin chistar.

—Baja ahora la cabeza.

Muergo obedeció también. Entonces Sotileza, con sus propias manos, le puso la gorra como debía ponerse.

—No la toques—le dijo después de enderezarse el otro, en cuyo pecho se oían zumbidos, como de lejanas rompientes.—¿Estás contento?

—Pues mírame tú como otras veces—respondió Muergo.—¡Así... así!... ¡Ay, puño, que salú da eso!

Sotileza se echó á reir, y en seguida dijo:

—Cuéntame ahora lo que tenías que contarme.

Muergo, despertando con estas palabras del estupor en que le había hundido la reciente escena, se disponía á referir á Sotileza el encuentro que tuvo con Andrés en las inmediaciones de la Zanguina; pero entraron en la bodega tía Sidora y su marido, que volvían de misa, y el relato quedó sin hacerse.