—¡Eso sí, puño!—bramó el monstruo.—¡Pos qué te pensabas?...

Y avanzó hacia ella, trémulo y erizado, indómito, espantoso.

En el rincón de la salita había una vara con que tía Sidora había sacudido la lana de su colchón unos días antes. Sotileza se abalanzó á ella; y antes que Muergo llegara á tocarle en el pelo de la ropa, ya tenía encima de su alma dos varazos que le arrancaron sendas blasfemias. Muergo se detuvo allí, pero rugiente y anheloso. Sotileza le sacudió otro par de verdascazos.

—¡Atrás!... ¡más atrás!...—le gritó al mismo tiempo fiera y resuelta.

Muergo retrocedió tres pasos.

—¡Más atrás!—insistió Sotileza esgrimiendo la vara.—¡Allí... contra la paré!...

Y sólo cuando Muergo arrimó á ella las espaldas, dejó Sotileza su actitud amenazante. Muergo jadeaba, y Sotileza poco menos. Ésta le habló entonces así, como si quisiera clavarle al muro con sus palabras:

—Ese es tu lugar, y éste el mío. ¿Lo entiendes bien? Pues el día en que vuelvas á equivocarte, será la última vez que yo te mire á la cara. ¿Te conformas?

—¡Sí, puño!—respondió el otro, como bramaría una fiera acurrucada en el rincón de la jaula.

—Toma ahora la gorra,—díjole entonces Sotileza con gran serenidad, después de haberla alzado del suelo.