Muergo avanzó dos pasos hacia Sotileza. Ésta, después de mirarle de arriba abajo, le deshizo el nudo mal hecho de la corbata de seda negra; volvió á hacerle como era debido; estiró los fuelles de la pechera de la camisa y arregló sobre ella las largas puntas colgantes del pañuelo de marga de seda. Muergo la dejaba hacer, sin atreverse á respirar siquiera. Sentía en el pecho la impresión de aquellos dulces manoseos, y temblaba de pies á cabeza.

—¡Qué bardal de pelos!—exclamó la moza después que acabó con la corbata.—¿Por qué no te han esquilado un poco, arlotón? ¿No hay siquiera un peine en todo el Cabildo de Abajo?

Y en esto le arrancó la gorra de la cabeza, y comenzó á encresparle la melena con los dedos.

—¡Virgen María, si esto es un monte cerrao! Espera que le arregle un poco antes de meter el peine.

Y al mismo tiempo que esto decía Sotileza, hundía las manos en la espesura.

Muergo lanzaba de su pecho rugidos sordos, y Sotileza, lejos de amedrentarse con ellos, tira de aquí y desbroza de allá, cuanto más roncaba él, con mayor ansia hundía ella sus dedos en la escabrosidad. De pronto lanzó Muergo un verdadero bramido.

—¿Te duele?—preguntó Sotileza sin cejar en su empeño.

—¡No, puño!—contestó el bárbaro bajando más la cabeza.—¡Jálame más... más!... ¡que me gusta mucho!... ¡Más juerte, Sotileza! ¡puño!... Así, así... ¡Jala más!... ¡más entodía!... ¡Ayyy!...

Sotileza dió entonces un salto hacia atrás, porque sintió las manazas de Muergo alrededor de su talle.

—¡Eso no!—le gritó al mismo tiempo.