Sotileza se santiguó tres veces en cuanto le tuvo delante, y juntó después las manos y abrió mucho los ojos, como si se asombrara de que pudieran llegar á tal extremo las humoradas de la naturaleza.

—Aguántate así, Muergo—le dijo entusiasmada.—Deja que te arrepare un poco desde lejos. ¡Bendito sea el Señor!

—¿Te gusto, puño?—exclamó el otro, parándose esparrancado en mitad de la salita.—¿Te paizco bien con esta empavesá? ¡Ju, ju!... ¿Ónde está mi tío?

—Están á misa los dos... No te marches hasta que vuelvan... Quiero que te vean así.

—Ni falta que hacen, ¡puño!... Pa que me güelvan á echar... Por tí vene yo, Sotileza... porque te lo ofrecí; y á más á más, tengo que decirte una cosa que me jurga mucho acá entro, ¡puño!

—Pues mira—respondió la moza en ademán resuelto,—si llegas á hablarme de cosa que yo no te pregunte, te planto en metá de la calle y no vuelves á entrar aquí. ¿Lo oyes bien?

—¡Puño! ¿Tamién tú?... Pero si tengo un pensar, ¿qué mal hay en echarle juera?

—Cuando venga al caso.

—Es que agora viene, ¡puño!

—¡Te digo que no... y no seas burro!... ¡Madre de Dios! ¡qué arte de vestirse!... ¡Ven acá, animal!