En cambio, Cleto se congratulaba, á su modo, de aquel inusitado crecimiento de tertulianos en la bodega, porque así pasaba él más inadvertido en ella. Entraba como uno de tantos, y Sotileza no tenía pretexto siquiera para tacharle de porfiado. Observar sin que le observaran; ver sin ser visto, como quien dice. Esto se lograba allí á la sazón, y esto le convenía desde que pae Polinar le había dicho que tenía de su parte la voluntad de los dos viejos. ¡Qué bien le supo la noticia! Con lo que él le había dicho á Sotileza y lo que ellos la añadirían, su negocio podía llegar á arreglarse á la hora menos pensada. Entre tanto, mucho ojo y mucha prudencia. Y así se conducía, con el pechazo repleto de esperanzas.

Muergo volvió á la bodega dos noches después de aquél su altercado con Andrés. Con el clavo que este lance le dejó adentro, la cuestión pendiente entre ambos Cabildos y media juma de aguardiente que llevaba, armó en la tertulia un alboroto, y su tío le prohibió volver á poner allí los pies mientras duraran aquellas excepcionales circunstancias, por obra de las cuales andaban los ánimos muy vidriosos en uno y otro Cabildo.

El de Arriba preguntó al de Abajo, que era el retador, hasta dónde quería el regateo, y desde dónde: él á todo se allanaba.

Respondió el de Abajo que hasta la Peña de los Ratones, desde la escalerilla de los Bolados, según costumbre.

En aquel mismo día comenzaron los preparativos Arriba y Abajo. Por de pronto, rasca que rasca los [pantoques] y [branques] de las lanchas, hasta dejarlos más lisos que la misma seda; y después, afirma bancos, bozas y [toletes]; y luégo carena por lo fino, hasta que no pase una gota de agua; y venga alquitrán que cubra y no pese; y pinta los costados, y dale, por último, sebo á los pantoques, ó jabón, si se teme que el sebo se agarre demasiado.

La lancha de Arriba se pintó de blanco con cinta roja; la de Abajo, de azul con cinta blanca. Cleto y Colo formaban parte de la tripulación escogida para la primera; Cole y Guarín de la de la segunda. Muergo se quedó sin plaza, porque no era de fiar en lance tan delicado; no por falta de empuje, sino por su brutal informalidad. Sintió á su modo el desaire; pero se consoló pensando en que ese día estrenaba vestido, con zapatos y todo, y con el propósito de dar un tiento al palo ensebado, después del regateo.

Y así fué llegando el 30 de agosto, con regocijo de tantas gentes, y trasudores del padre Apolinar, que apenas pegó los ojos en toda la última semana, empeñado en meter en la memoria todo lo que había borrajeado durante tres meses bien cumplidos.

Al amanecer, ya estaba Muergo en la rampa Larga refregándose la cabezona y las patazas con el agua del mar. Después, dejando que éstas se fueran secando por sí solas, mientras iba de vuelta á su casa para ponerse el vestido nuevo, pasábase el gorro por la cara y se peinaba la greña con los dedos.

Una hora más tarde, cumpliendo regocijadísimo los deseos y el encargo de Sotileza, subía hacia la calle Alta, reventando en su atavío flamante y resbalándose á cada paso en las aceras, porque no se amañaba con aquellos zapatos de suela algo convexa y muy bruñida, que acababa de estrenar.

Increíble parecía á los que le miraban, el relieve que adquiría su fealdad envuelta en paño fino y en camisa limpia. ¡Qué relucir de pellejo! ¡qué caer de melena por debajo de la ancha gorra con borla de cordoncillo! ¡qué arqueo de brazos! ¡qué sonreir de gusto!... ¡y qué andares aquéllos!