Como Sotileza no daba lumbres, tía Sidora, algo picada por ello, añadió en seguida:
—¡Pero, hijuca, respóndenos algo, por el amor de Dios, pa que uno sepa los tus sentimientos!... Si temes engañarte por tí mesma, ¿quieres que pidamos consejo, pinto el caso, á don Andrés?
—¡Ni se lo mienten siquiera!—saltó la moza inmediatamente.—No hace falta ese consejo, ni el de naide tampoco; que bien sé yo lo que me conviene.
—Pos eso queremos saber, hijuca: lo que te conviene á tí á la hora presente.
—¡Uva!
—Me conviene que me dejen en paz sobre esos particulares; que no me hablen más de ellos, porque no me hace falta, porque ca uno se entiende, y lengua me sobra pa decir «esto quiero» cuando sea de menester. Así estoy á gusto... y Dios dirá mañana. ¿Me entienden ahora?
Y así quedó, por entonces, aquel asunto.
Con bastante más calor se ventilaba otro bien distinto en todas las tertulias y cocinas de la calle, desde la noche anterior. Este asunto era el del regateo propuesto por el Cabildo de Abajo, y aceptado por aclamación á claustro pleno en la taberna del tío Sevilla. En aquellos tiempos, todavía los mareantes santanderinos no habían pensado siquiera en meterse en otras aventuras que las del oficio; y un empeño de tal naturaleza removía en ambos Cabildos el entusiasmo de la gente moza, y calentaba la sangre en los entumecidos cuerpos de los veteranos. Porque no se trataba de un lance particular entre dos lanchas rivales, sino de un suceso que revestía toda la solemnidad de los grandes conflictos entre dos pueblos limítrofes. No eran unos cuantos remeros del Cabildo de Abajo que desafiaban á otros tantos del Cabildo de Arriba, ni se trataba tampoco de ganar, en concurso libre, un premio ofrecido por un particular ó por el Ayuntamiento; lances en que caben amaños para repartir la ganga entre los competidores, y apenas se resiente el amor propio; esto era muy distinto: era un Cabildo en masa desafiando al otro Cabildo, nada menos que para el día de los santos patronos del retador, patronos, á la vez, del Obispado, fiesta solemnísima en Santander; á la pleamar de la tarde, cosa de las tres y media; con el Muelle atestado de curiosos; y se regateaba una onza, sacada de la entraña misma del tesoro de los contendientes; y los mareantes de Abajo eran vanidosos porque eran muchos, comparados con los de Arriba... En fin, que particularmente para éstos, el suceso venía á ser una verdadera cuestión internacional; y por tanto, no es de extrañar que anduvieran interesados en ella hasta los gatos y los perros de la calle Alta.
Con este motivo, la bodega de tío Mechelín se vió por las noches más concurrida que de ordinario; pues como no le gustaba ni le sentaba bien salir á la taberna, donde se hablaba mucho del caso, los camaradas que le querían de veras, y no eran pocos, iban de vez en cuando á remozarle los ánimos con los dichos de la taberna, ó á pedirle su autorizado parecer, siempre que se necesitaba.
Todo esto contrariaba grandemente á Andrés, porque le alejaba de aquellos sitios en la ocasión en que más sentía la necesidad de frecuentarlos hasta conseguir siquiera un cuarto de hora de libertad para advertir á Silda, tan celosa de su honra cuando se trataba de él, lo expuesta que la tenía en boca del salvaje Muergo. En esto no faltaba á la palabra empeñada, porque cuando la empeñó, no contaba con lo que oyó después á aquel animal. Y aunque en opinión de Silda faltara, ¿qué? Si le estaba engañando, tonto fuera él en guardarla tan inmerecidas consideraciones: si Muergo mentía, hasta deber de conciencia era advertírselo á ella. Pero aquel ir y venir de gentes extrañas, con lo que ya se había dicho de él por sus visitas á la bodega... y la actitud de su padre, tan distinta de la de otras veces; lo que le advertía, lo que le vigilaba... las amenazas de Luisa, que podían cumplirse á la hora menos pensada... y entre tantas contrariedades, espoleado á la vez por los ímpetus de su carácter impaciente y fogoso, discurría las cosas más absurdas, y llegaba á veces con sus proyectos á las lejanías más peligrosas. Y era lo peor que ni siquiera se asombraba de ello. Todo le parecía bien, á trueque de salirse con la suya. Ya se sabía: pensamientos apretados en la mollera de Andrés, resolución descabellada.