—¡Uva!—confirmó tío Mechelín, golpeando el suelo maquinalmente con uno de sus pies.

Silda callaba y cosía. Tía Sidora añadió, después de un ratito de silencio:

—Con que tú dirás, hijuca.

—¿Qué quiere usté que diga?

—Lo que te paezca sobre el caso.

—Por sabido se calla.

—Poco decir es.

—Y la metá sobra.

—Quisiera yo, hijuca, que te pusieras en los casos... Hoy ná te falta, gracias á Dios; pero mañana ó el otro... ya ves tú... semos mortales, y viejos además, y con poca salú... has de verte sola... ¡y puede que muy luégo!... La casta es mala... ¡mala!... no puede ser peor; pero él es un venturao, noble como el pan... Con una miaja de aseo y bien vestido, campará mucho, porque es buen mozo de por sí... No te le empondero tanto pa metértele por los ojos, sino porque éste es caso de que se pongan las cosas en su punto, pa que al resolver no te engañes.

—¡Uva!—dijo Mechelín cambiando de pie para golpear el suelo.