En un grupo de los de afuera departía el padre Apolinar, muy sulfurado.

Tomando lenguas de unos y de otros, había llegado á saber que su panegírico de los Santos Mártires de Calahorra no había gustado cosa mayor al Cabildo, y hasta que, en opinión de algún escrupuloso, el sermón no valía.

Esta indignidad traía desconcertado al santo varón.

—¡Cuerno con los doctores de sueste!—exclamaba el fraile.—Pues ¿á qué estarán acostumbrados, jinojo?

—Tocante á eso, pae Polinar—le respondió un patrón de lancha, muy mesurado en el decir,—y sin ofensa de naide, solamente dende el año cuarenta y nueve en que nusotros solos hicimos esa capilla, por habérsenos echao de la Puntida pa labrar allí esas casonas que hay ahora; solamente dende esos tiempos, sin contar los de atrás, se han dicho cosas de primera, motivao á los Santos Mártiles, por hombres de mucha palabra y fino saber... la verdá por avante, pae Polinar, sin agravio de nenguno.

—¡Cosas de primera! ¡cosas de primera, jinojo!... ¡Vaya unas cosas! Punto más, tilde menos, siempre las mismas. Que los cortaron la cabeza en Calahorra, que los verdugos las echaron al Ebro... y mucho de ¡oh! por aquí, ¡ah! por el otro lado... y chanfaina al último, ¡jinojo!... Chanfaina y no más que chanfaina. ¿Sabías tú lo del barco de piedra?

—¿Quién será capaz de no saberlo aquí, pae Polinar?

—Claro, hombre, claro. Pero ¿como yo lo conté?... ¿Cómo venía el barco?... ¿qué rumbos tomaba?... ¿qué tiempos y qué mares le combatían?... ¿cómo abocó á este puerto?... ¿por qué no abocó á otros antes?... ¿Os han contado algo de ello nunca esos picos de oro, con traza y con arte? ¿lo sabían, por si acaso, como lo sé yo?... ¿Sabía el Cabildo mismo aquello de la peña de los Mártires... la Horadada, que llaman otros?

—Algo se sabía de eso, pae Polinar.

—¡Algo, algo! Saber algo es lo mismo que no saber nada en cosas tan importantes, ¡cuerno! Pues ahora ya lo sabéis con todos sus pelos y señales. Ya sabéis que ese arco admirable que forma la peña, fué hecho por el barco milagroso al tropezar con ella y pasarla de parte á parte. Y ¿por quién lo sabéis?... ¿lo sabéis por boca de esos predicadores de rasolís? Pues lo sabéis por habérmelo oído á mí esta mañana; á mí, á este pobre fraile del convento de Ajo, que, con enseñaros tanto en un sermón de tres meses de fatiga y más de quince textos en latín de lo mejor, no llegó á daros gusto... ¡Margaritas á puercos, hijos; margaritas á puercos!... Pero más tarde os veréis en otra; y éste será el mejor castigo que merecen, ¡cuerno! las habladurías de esos fanfarrias... Y no digo más, ¡jinojo! porque os pica mucho el ajo de esta tarde, y no quiero que penséis que me alegro de ello, por tomarlo á castigo de Dios... que bien pudiera, ¡cuerno! que bien pudiera tomarlo por esa banda sin pecado de vanidad. ¡Uf!... ¡Lenguas, lenguas; linguæ corruptæ, carne mísera, carne concupiscente!... Y adiós, muchachos, que me voy á mis quehaceres... Por supuesto, no hay que advertir que lo uno no quita lo otro. La puerta del padre Apolinar no se cerrará por eso para nadie. ¡Pero cuidado con que llaméis á ella, en todos los días de vuestra vida, para asuntos de la Cátedra del Espíritu Santo!... porque entonces no responderé aunque me la echéis abajo... ¡aunque me la echéis abajo, cuerno!