Y se fué pae Polinar menos enfadado de lo que él mismo creía.
Entre tanto, no se podía parar en la calle Alta. Cánticos en la taberna, diálogos de balcones á ventanas, jolgorios en las aceras y bailoteos en medio del arroyo. Todo aquel vecindario estaba desquiciado de alegría... todo, menos la familia de Mocejón, que, encerrada en su caverna, no cesaba de maldecir á Cleto por la afrenta que había echado á la casa haciendo lo que hizo con la «moscona de abajo» después del regateo. Y para mayor rescoldera de las dos furias, el lance se comentaba en la calle con aplauso general, porque en la calle no había pizca de vergüenza, y era voz corriente que ninguna moza era más merecedora que Sotileza de lo que con ella se hizo, por ocurrencia gallardísima de Cleto; y hasta se había hablado de si apereaban ó no; de si había ó no había mutuos y transcendentales propósitos entre ambos, y de que, si no los había, debiera de haberlos... Y mucho de ello se había escuchado desde el quinto piso; y por no oirlo, se habían cerrado las puertas del balcón y se habían tapiado hasta las rendijas, prefiriéndose por las hembras de Mocejón este recurso al de dar rienda suelta á sus iras venenosas en ocasión tan comprometida para ellas. Porque voluntad y lengua y arte, les sobraban para alborotar en medio cuarto de hora toda la calle. ¡Lo habían hecho tantas veces!... Pero faltaba la ocasión, la disculpa; un poco, no más, de motivo, de apariencia de él tan sólo; y en cuanto le tuvieran, y le tendrían, porque tras él andaban sin descanso... ¡oh, entonces, entonces las pagaría todas juntas la tal y la cual de la bodega de abajo, y aprendería lo que ignoraba el mal hijo, el infame hermano, el indecente, el animal, el sinvergüenza, el lichonazo de Cleto!
Y no cerraban boca, mientras Mocejón zumbaba como un tábano en el rincón de la sala, y el acribillado mozo saboreaba en la taberna de tío Sevilla, ajeno enteramente al hervidero de entusiasmo que le circundaba, y en plácido reposo, los dulcísimos recuerdos de su última proeza.
En la bodega de Mechelín no cabía la gente cuando llegó Andrés. Porque Andrés creyó muy de necesidad darse una vueltecita por allí para felicitar al veterano y echar unos parrafejos con la familia, en ocasión tan señalada. Tía Sidora reventaba en el pellejo; su marido parecía haber arrojado veinte años de encima de cada espalda. Sotileza, después de las emociones de la tarde, se hallaba ya en su acostumbrado nivel.
El remozado pescador, por remate de largos comentarios del regateo, llegó á decir á Andrés:
—¡Mire usté, hombre, que fué alvertencia bien ocurría la de ese demonio de muchacho!... Ya lo vería usté, que no andaba muy lejos... Hablo relative á la bandera que entregó á Sotileza pa que ella mesma la amarrara á la lancha. ¡Dígote que no lo creyera en él!... Y que me gustó el auto, ¿por qué se ha de negar?... Y también á tí, Sidora, que hasta pucheros hacías de puro satisfecha... y al mesmo angeluco de Dios éste, que bien se le bajó la color y le temblaron las manucas... ¡y á toa la gente de la calle, hombre, que se hace lenguas sobre el caso!
—¿Querrá usté creer, don Andrés—añadió tía Sidora,—que anda el muchacho, á la presente, como si hubiera cometido con nosotros un pecao mortal? ¡Será venturá de Dios esa criatura?... ¡Vea usté! Otros, en su caso, meterían la ocurrencia por los ojos.
—¡Uva!—confirmó tío Mechelín.
¡Preguntarle á Andrés si había notado el suceso, cuando no perdió el detalle más insignificante de él!... ¡Encarecerle la ocurrencia de Cleto, y los merecimientos de Cleto, y hasta el agradecimiento de Sotileza, cuando lo tenía todo junto, hecho un bodoque, atravesado en la garganta algunas horas hacía! Pero ¿cómo había de sospechar el honradote matrimonio, aunque hubiera sabido lo de la arboleda de Ambojo y lo que á esto se siguió en la bodega, que un mozo de las condiciones aparentes de Andrés podía dar en la manía de no sufrir con paciencia ni que las moscas, sin permiso de él, se enredaran en las ondas del pelo de Sotileza? Algo mejor lo sabía ésta; y por saberlo, con una ojeada rápida leyó en la cara de Andrés el mal efecto que le estaban causando las alabanzas á la galantería del pobre Cleto. Por eso trató de echar la conversación hacia otra parte; pero no pudo conseguirlo. Tío Mechelín, ayudado de su mujer y de los tertulianos, entre los cuales se hallaban Pachuca y Colo, insistía en su tema; y como todo lo veía entonces de color de rosa, y á todos los quería alegres y satisfechos á su lado, acabó sus congratulaciones y jaculatorias diciendo:
—¡Mañana va á ser domingo tamién pa tí, Sotileza! Ya que tanto te gusta la deversión, vas á venirte conmigo en la barquía: á media mañana. Á poco más de media tarde estaremos de vuelta.