—Hay mucha costura sin rematar,—respondió Sotileza.

—No puede ser por mañana—dijo tía Sidora,—porque tengo yo que estar en la Plaza todo el día. Otra vez irá. ¿Nordá, hijuca?

—¡Por vida del incomeniente!—exclamó Mechelín.—Otro día puede que no esté yo de tanto humor como estaré mañana. Pero, en fin, haré por estarlo. ¿Nordá, saleruco de Dios?

Cuando salió Andrés de la bodega, muy poco después de esta conversación, mientras iba calle abajo hacia la Catedral, jurara que llevaba en cada oído un importuno moscardón que le iba zumbando sin cesar unas mismas palabras. Algo más allá, estas palabras, que le sonaban en los oídos, eran gérmenes de pensamientos que se le revolvían en la cabeza; andando, andando, estos pensamientos engendraron propósitos; y estos propósitos llenáronle de recuerdos la memoria; y estos recuerdos produjeron luchas violentísimas; y las luchas, serios razonamientos; y los razonamientos, sofismas deslumbradores; y los sofismas, propósitos otra vez; y estos propósitos, tumultos y oleadas en el pecho.

Así llegó á casa, y así pasó la noche, y así despertó al otro día, y así fué al escritorio; y por eso engañó á Tolín á media mañana y, por segunda vez en su vida, con otro pretexto mal forjado, para faltar á todos sus deberes.

Al abocar, un cuarto de hora más tarde, á la calle Alta por la Cuesta del Hospital, no sin haber pasado antes por la Pescadería y visto desde lejos á tía Sidora bajo su toldo de lona, Carpia, que salía de su casa, retrocedió de pronto; metióse en el portal, echó escalera arriba y se puso en acecho en la meseta del segundo tramo. Desde allí, procurando no ser vista, vió entrar á Andrés en la bodega. En seguida subió volando al quinto piso; habló breves palabras con su madre, y volvió á salir á la escalera; bajó hasta el portal sin hacer ruido; y de puntillas, conteniendo hasta la respiración, como un zorro al asaltar un gallinero, se acercó á la puerta de la bodega. Estirando el pescuezo, pero cuidando mucho de no asomar la cabeza al hueco de la puerta, abierta de par en par, conoció, por los rumores que llegaban á su oído sutil, que los «sinvergüenzas» no estaban enfrente del carrejo, sino al otro extremo de la salita. Escuchó más, y oyó palabras sueltas, que le sonaron á recriminaciones de Sotileza y á excusas y lamentaciones apasionadas de Andrés... Por más que aguzaba el oído, bien aguzado de suyo, no podía coger una frase entera que la pusiera en la verdad de lo que pasaba allí.

—¿Y qué me importa á mí la verdá de lo que pueda pasar entre ellos?—se dijo, cayendo en la cuenta de lo inútil de su curiosidad.—Lo que importa es que se crea lo peor; y eso es lo que va á creerse ahora mismo.

Y en seguida hundió la cabeza desgreñada en el vano; miró á la cerradura de la puerta, arrimada á la pared del carrejo; vió que la llave, como presumía, estaba por la parte de afuera, lo cual simplificaba mucho su trabajo; avanzó dos pasos callandito, muy callandito; alargó el brazo, y trajo la puerta hacia sí, con mucho cuidado para que no rechinaran las bisagras; comenzó á trancar poco á poco, muy poco á poco, mientras adentro crecía el rumor de la conversación; y cuando hubo corrido así todo el pasador de la cerradura, quitó la llave y la guardó en el bolsillo de su refajo. En seguida salió del portal á la acera; llamó á su madre desde allí; y tan pronto como la Sargüeta respondió en el balcón, dijo con sereno acento y como si se tratara de un asunto corriente y de todos los días:

—¡Ahora!

Aquí, unos cuantos compases de silencio. Poca gente por la calle; algunas marineras remendando bragas en los balcones, ó asomadas á tal cual ventana de entresuelo, ó murmurando en un portal. Carpia está á la parte de afuera del de su casa, arrimada á la pared, con los brazos cruzados. Chicuelos sucios revolcándose acá y allá. De pronto se oye la voz de la Sargüeta: