—¡Carpia!
—¡Ñora!
—¿Qué haces?
—Lo que usté no se piensa.
—Súbete á casa con mil rayos.
—No me da la gana.
—Ya te he dicho que no te pares nunca onde estás... ¡y bien sabes tú por qué!... ¡Güena casa tienes pa recreo sin estorbar á naide!... ¡Arriba, te digo otra vez!
—¡Caraspia, que no me da la gana! ¿Lo oye?
—¡Que subas, Carpia, y no me acabes la pacencia!... ¡Que ná tienes que hacer en onde estás!
—Tengo que hacer mucho, madre, ¡mucho!... ¡más de lo que á usté se le fegura, caraspia!... Estoy guardando la honra de la escalera, ¡sí! y la honra de toa la vecindá. ¡Ha de saberse dende hoy quién es ca uno!... ¡por qué está la mi cara abrasá de las [santimperies], y por qué están otras tan blancas y repolidas! ¡Caraspia, que esto no se puede aguantar! ¡Á los mesmos ojos de uno!... ¡á la mesma luz del megodía! ¡Es esto vergüenza, madre? ¡Es esto vergüenza?... Pus pa sacársela á la cara estoy aquí ahora... ¡pa que se acabe esto de una vez, y se queden las gentes de honor en sus casas, y vayan las enmundicias á la barreúra! Pa eso... ¡La mosconaza! ¡la indecenteee!...