—Pero, mujer, ¿qué es ello? ¿qué está pasando, Carpia?

—¡Que el c...tintas y la señorona, solos, los probes de Dios, están en la bodega á puerta cerrá!... ¡y que esta casa, de portal arriba, no es de esos tratos, caraspia!

Aquí ya se acercan los chicuelos á la hija de la Sargüeta; se detienen los transeuntes; se abren balcones que estaban cerrados, y se ponen de codos sobre las barandillas mujeres que antes estaban sentadas entre puertas.

Y replica la Sargüeta desde el balcón, á su hija que se contonea en la acera delante del portal:

—¡Y esto te pasma?... ¡Y por eso te sefocas, inocente de Dios? ¡Pos bien á la vista estaba! ¡Delante de los ojos lo tenías! Pero con too y con ello, guarda el sefoco, que pueden angunas que nos escuchan pedirte cuenta de lo que digas... ¡Porque aquí no habría gente de mal vivir si no hubiera sinvergüenzas que las taparan, puñales!... Y delante de la cara de Dios, tan bribona es la que se vende por un pingajo, como la que la empondera... Y de estas encubridoras hay aquí muchas, ¡puñales!... ¡Y esas son las que sonsacan á los hijos de familia pa meterlos en esas perdiciones y afrentar á las gentes de bien! ¡Esas, esas! ¡y por lo que chumpan! ¡y lo que se les pega!... ¡y lo que las vale!... ¡Así estoy yo sin hijo!... ¡así me le engañaron!... ¡bribonas!... ¡que él no se alcordaba de ella! ¡bien en paz vivía en su casa!... (De pronto se fija la Sargüeta en una vecina de enfrente, que la estaba mirando.) ¿Qué se te pierde aquí, pendejona?... ¿Te pica lo que digo?... ¿Te resquema la concencia?

—¡Calla, infamadora, deslenguada!—dice la aludida, que ni se acordaba de entrar en pelea, pero que no la rehusa ya que se le pone tan á mano.—¿Qué se me ha de perder á mí en tu casa si no es la salú, con sólo mirar haza ella?

Carpia desde abajo:

—¡Déjela, madre, déjela, que con esa se mancha hasta la basura que se la tire á la cara!

—¡Dejarla yo!—exclama la Sargüeta, deshaciéndose el nudo del pañuelo de la cabeza para volver á hacerle con las manos trémulas por la ira.—¡Dejarla yo!... sin pelos en el moño la dejaría, ¡puñales! si la tuviera más cerca.

—¡Á mí tú?—dice la de enfrente comenzando á ponerse nerviosa.—¡Lambionaza!... ¡bocico de chumpa-güevos!