—Y yo echar la llave por debajo, á media güelta que dió endenantes con desimulo—añadió un vejete con la moquita colgando.—Primero lo dijera yo, porque soy hombre de verdá; pero de perro villano hay que guardarse mucho, mientres esté sin cadena.

—¡Si no podía engañarme yo... porque no podía ser otra cosa!—exclamó Sotileza congratulándose de aquellos dos testimonios inesperados.—Pero bueno es que alguno lo haya visto... ¡y quiera Dios que vos atreváis á decirlo bien recio en otra parte, si por ello vos pregunta quien puede castigar estas infamias con la ley!

No podía más la infeliz: un sollozo ahogó la voz en su garganta; llevóse ambas manos á los ojos, y corrió á esconder su desconsuelo en el rincón más apartado de la bodega. Mares de llanto vertió allí, rodeada de la compasión cariñosa de Pachuca y otras convecinas, que la dejaban llorar, porque sólo llorando podía aliviarse un corazón repleto de pesadumbres tan amargas.

¿Y Andrés? ¡Qué papel el suyo... y qué castigo de su ligereza! No pasó del portal. Desde allí observó que la curiosidad de todos estaba saciándose en lo que hacía y decía Sotileza, y que para nada se acordaba de él; y en cuanto se revolvió el grupo que tenía enfrente para arrollar á Carpia, y se llevó detrás todas las miradas de la gente de la calle, convencido además de que ningún riesgo material corría ya la víctima de sus imprudencias, salió del portal y se fué deslizando, como á la disimulada, acera abajo, hasta llegar á la cuesta del Hospital, donde respiró con desahogo, dió dos recias patadas en el suelo, apretó los puños y aceleró su marcha, como si le persiguieran garfios acerados para detenerle.

Bajando á la Ribera por el Puente, vió á tía Sidora, que subía por la calle de Somorrostro con otra marinera, detenerse de pronto para dar una risotada de aquéllas suyas, con temblores de pecho y de barriga. Aquella risotada fué un azote para la cara de Andrés, y una tenaza para su conciencia. Apretó el paso más todavía, y así anduvo, sin saber por dónde, hasta la hora de comer; y entonces se metió en su casa, sin atreverse á medir con la imaginación toda la resonancia que podía llegar á tener aquel suceso, cuyos detalles, estampados á fuego en su memoria, le enrojecían el rostro de vergüenza.

XXIV

FRUTOS DE AQUEL ESCÁNDALO