Por asomar al portal, Sotileza vió la estampa de la aborrecida Carpia entre lo más espeso del grupo. Ni titubeó siquiera. Se lanzó á ella con el coraje de una fiera perseguida, apartando la gente, que no trataba de cerrarla el paso; y echándola ambas manos sobre los hombros, la dijo clavándole en los ojos el acero de su mirada:
—¡Alza esa cabeza de podre, y mírame cara á cara! ¿Me ves, pícara? ¿Me ves bien, infame? ¿Me ves á tu gusto ahora?
Carpia, con ser lo que era, no se atrevía en aquel momento ni á protestar contra las sacudidas que daba Sotileza á su cara para ponerla más enfrente de la suya. ¡Tan fascinada la tenían el fiero mirar y la actitud resuelta de aquella herida leona, si es que no influía también en su desusado encogimiento el peso de su pecado!
Sotileza, exaltándose á medida que se amilanaba la otra, añadió, sin dejarla escaparse de sus manos:
—¡Y has pensao que basta que una zarrapastrona como tú quiera deshonrar á una mujer de bien como yo, para que se salga con la suya? ¿Cuándo lo soñaste, infame! Me celaste la puerta como zorra traidora, y cuando viste entrar en mi casa á un hombre honrado, que entra en ella todos los días por delante de la cara de Dios, nos encerraste allá, pensando que, al salir los dos con la llave que echastes por debajo de la puerta, ibas á afrentarme delante de la vecindá que habéis amontonado aquí tú y la bribona de tu madre, con un escándalo de esos que sabéis armar cuando vos da la gana... ¡Pues ya estoy aquí! ¡ya me tienes en la calle! ¿Y qué? ¿Piensas que hay en ella alguno, por dejao de la mano de Dios que esté, que se atreva á pensar de mí lo que tú quieres?
Según iba gritando Sotileza, calmábanse las riñas como por encanto: todas las miradas se convertían hacia ella, y todos los ánimos quedaron suspensos de sus palabras y ademanes. La Sargüeta se retiró de su balcón precipitadamente, como se esconde un reptil en su agujero al percibir ruidos cercanos; y Carpia pensó que se le caía el mundo encima al verse en medio de aquella silenciosa multitud, á solas con su implacable enemigo, y tan cargada de iniquidades.
—¿Véislo?—continuó Sotileza sin soltar á Carpia y mirando con valentía á corrillos y balcones.—¡Ni tan siquiera se atreve á negar la maldá que la echo en cara! ¿Estará la infame bien abandoná de Dios! Mira, ¡envidiosona y desalmada! salí de la prisión en que me tuvistes, con ánimo de arrastrarte por los suelos: ¡tan ciega me tenía la ira! Pero ahora veo que para castigo tuyo, á más del que te está dando la concencia, sobra con esto.
Y la escupió en la cara. En seguida, con un fuerte empellón, la apartó de sí.
Apenas había en la calle quien no tuviera algún agravio que vengar de la lengua de aquella desdichada; y por eso, cuando en un arrebato de furia, al verse afrentada de tal modo, trató de lanzarse sobre la impávida Sotileza, un coro de denuestos la amedrentó, y una oleada de gente la arrebató más de diez varas calle arriba. Una mozuela se acercó entonces á la triunfante Silda, y la dijo en voz muy alta:
—Yo la ví, dende allí enfrente, trancar la puerta de la bodega.