—Y ¿qué piensas hacer cuando salgamos?—preguntó Andrés, abatido de nuevo al considerar este trance de prueba.

—Eso no se pregunta á una mujer como yo—dijo Sotileza, que por momentos iba embraveciéndose.—Pero ¿por ónde salgo, Dios mío?... ¡Y yo quiero salir!... ¡Yo me ahogo en estas estrechuras!... ¡Virgen María... qué pesaúmbre!

Andrés, condolido de la situación de la desesperada moza, salió de la salita resuelto á hacer otra tentativa en la puerta de la bodega. Al acercarse á ella, tropezaron sus pies con un objeto que resonó al deslizarse sobre las tablas del suelo. Recogióle, y vió que era una llave. ¿Quién la había puesto allí?... Y ¿qué más daba?

Tal miedo tenía Andrés á la salida en medio de la tempestad que continuaba rugiendo en la calle, que estuvo dudando si ocultaría el hallazgo á Sotileza.

—¿Qué haces, Andrés?—le preguntó ésta, que le observaba desde la salita.

Andrés corrió hacia ella y le mostró la llave, diciendo dónde la había encontrado. Sotileza lanzó un rugido de alegría feroz.

—¡Ah... la infame!—dijo en seguida.—¡La echó por debajo de la puerta!... ¡Justo! pa que abramos por adentro y se crea lo que ella quiere... ¡Pues veremos si te vale el amaño, bribonaza!...

Todo esto lo decía Sotileza temblorosa de emoción, mientras se abalanzaba á la llave y la reconocía, con una ojeada abrasadora, después de arrancársela á Andrés de la mano.

Éste, olvidado un momento de la situación comprometidísima en que se hallaba, contempló con asombro la transformación que iba obrándose en aquella criatura incomprensible para él. Ya no era la mujer de aspecto frío, de serena razón y armoniosa palabra; no era la discreta muchacha, que apagaba fogosos y amañados razonamientos con el hielo de una reflexión maciza; ni la provocadora belleza que levantaba tempestades en pechos endurecidos, con el centelleo de una sola mirada; ni la gallarda hermosura que para ser una dama distinguida, en opinión del ofuscado Andrés, sólo la faltaba cambiar de vestidura y de morada; ni, por último, la doncella pudorosa que lloraba, momentos antes, por los riesgos que corría su buena fama. Ya era la mujer bravía; ya enseñaba la veta de la vagabunda del Muelle-Anaos y de las playas de Baja-mar; ya en sus ojos había ramos sanguinolentos, y en su voz, tan armoniosa y grata de ordinario, dejos de sardinera, como los que á la sazón llenaban todos los ámbitos de la calle.

Así la vió apartarse de él como una exhalación, llegar á la puerta, abrirla con mano temblorosa, salir al portal y lanzarse en medio del grupo que obstruía la acera inmediata. Ni fuerzas hallaba él, en tanto, en sus piernas para sostenerle derecho el cuerpo desmayado. Pero consideró que una actitud así era el mejor testimonio de su imaginada delincuencia; y se rehizo súbitamente, y salió de su escondrijo detrás de Sotileza, resuelto á todo, aunque sin otro plan que el de ampararla.