—Eso no es responder en justicia, Sotileza.
—Pero es hablar con la verdá de lo que siento. ¡Ay, Andrés! si contabas con esa idea pa reparar tan poco en hacerme este mal tan grande, ¡qué lástima que no me lo alvirtieras!
—¿Por qué, Silda?
—Porque pudistes habérmele excusao con decirte yo que nunca tomaría el remedio que me ofreces.
—¿Que no le tomarías nunca?
—Nunca.
—Y ¿por qué?
—Porque... porque no.
—Pues ¿qué más puedes pedirme, Sotileza?... ¿Qué es lo que quieres?
—De tí nada, Andrés... ni de naide. Lo que quiero ahora—dijo Sotileza, volviéndose erguida, impaciente y convulsa hacia la embocadura del carrejo,—es que se abra aquella puerta... ¡que pueda yo salir cuanto antes á la calle á mirar á la gente cara á cara! Eso es lo que yo necesito, Andrés; eso es lo que quiero; porque á cada momento que paso en este calabozo sin salida, se me abrasa algo en las entrañas.