Andrés dejó la puerta y corrió á la salita, acordándose de la ventana que había en ella. Pero la ventana tenía una gruesa reja de hierro. No había que pensar en moverla. Vió la vara con que Sotileza había sacudido el polvo á Muergo el día antes, y trató de arrancar la cerradura apalancando con un extremo de aquélla contra el tablero de la puerta; pero la cerradura estaba sujeta con gruesos clavos remachados por fuera. Metió la vara por debajo de la puerta, y tiró hacia arriba; y la vara se rompió al instante. Metió después sus propios dedos, puesto de rodillas; tiró con todas sus fuerzas... y nada: ni siquiera una astilla de aquellas tablas de empedernido roble.

Entre tanto, crecía el alboroto afuera y espesaba el grupo de mirones enfrente del portal; y Sotileza, febril y desasosegada, aplicaba á menudo la vista y el oído al ojo de la cerradura, y se enteraba de todo. Veía la ansiedad por el escándalo pintada en los rostros vueltos hacia la bodega, y oía las palabras infamantes que contra su honor vomitaba la boca infernal de la sardinera; y en cada instante que corría sin poder salir de aquella cárcel afrentosa, sentía en la cara el dolor de una nueva espina de las que iba clavándole allí el azote de la vergüenza. ¡Qué diría la honrada y cariñosa marinera si al volver de la plaza encontraba la calle de aquel modo, y se enteraba de lo que ocurría antes de que ella pudiera relatarle la verdad! ¡Y el viejo marinero! ¡Virgen María!... ¡qué golpe para el infeliz, cuando volviera por la tarde tan ufano y gozoso!

Estas consideraciones eran las que principalmente atormentaban á la desdichada Silda; y en la vehemencia de su deseo de salir cuanto antes á ventilar el pleito de su honra delante de la vecindad, lanzábase también á golpear la puerta, y á proferir amenazas, y á desahogar su desesperación á voces por todos sus resquicios.

En cuanto Andrés se convenció de que no había modo de salir de allí por la fuerza, cayó otra vez en un profundo abatimiento, que le acobardaba hasta el extremo de taparse los oídos para no sentir la baraúnda de afuera, y de suplicar á Silda que no le abrumara más con el peso de sus justísimas reconvenciones. Entonces veía con perfecta claridad lo insensato y criminal del empeño en que estaba metido, y el alcance espantoso que en derredor de sí iba á tener su insensatez imperdonable.

En uno de estos momentos, sentado él, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, y Sotileza en medio de la sala, con los puños sobre las caderas, la vista perdida en el cúmulo de sus pensamientos, la boca entreabierta, la faz descolorida y el alto pecho jadeante, dijo de pronto Andrés, alzando la hermosa cabeza:

—Silda, el que la hace, la paga; y si esto es ley hasta en asuntos de poco más ó menos, en pleitos de la honra debe de serlo con mayor motivo. Yo estoy manchándote ahora la buena fama...

—¿Qué quieres decirme?—preguntóle duramente Sotileza, saliendo de sus penosas abstracciones.

—Que las manchas que caigan en tu honra por culpa mía, yo las lavaré, como las lavan los hombres de bien.

Mordióse los labios Sotileza, y clavando sus empañados ojos en Andrés, díjole al punto:

—¡Lavar tú las manchas de la mi honra!... ¡Harto harás con limpiar allá abajo las que ahora mismo están cayendo encima de la tuya!