—¿Oyes bien el vocerío?... Pues mira ahora lo que se ve por aquí.
Andrés miró un instante por la cerradura, y no dijo después una palabra ni se atrevió á poner sus ojos en los de Sotileza, mientras ésta le interpelaba así, entre angustiada é iracunda:
—¿Sabes tú lo que es esto? ¿Sabes por qué está cerrada esta puerta?
Andrés no supo qué responder. Sotileza continuó:
—Pues todo esto se ha hecho para acabar con la honra mía. ¡Mira, mira cómo me la pisotean en la calle! ¡Virgen de la Soledá!... ¡Y tú tienes la culpa de ello, Andrés!... ¡tú, tú la tienes!... ¿Ves cómo ya salió lo que yo temía? ¿Estás contento ahora?...
—Pero ¿dónde está la llave?—preguntó Andrés en un rugido, trocado de repente su abatimiento en desesperación.
—¡Ónde está la llave!... ¿No lo barruntas? En las manos ó en la faldriquera de esa bribona que nos ha trancao... ¡porque andaba hace mucho detrás de algo como esto para perdición mía! Y te vería entrar aquí; y para que tú y yo seamos bien vistos al salir de la bodega juntos, habrán armao esa riña ella y su madre... porque tienen esas cosas por oficio. ¿Te vas enterando, Andrés? ¿Te vas enterando bien de todo el daño que hoy me has hecho!
Andrés, por única respuesta á estas sentidas exclamaciones de la desventurada muchacha, se abalanzó á la puerta; y en vano añadió á la fuerza de sus brazos toda la que le prestaba la desesperación para hacer saltar la cerradura. Después golpeó los ennegrecidos tablones con sus puños de hierro. Nada adelantó.
—¡Dame una palanca, Silda... un palo... cualquier cosa!—gritó en seguida.—¡Yo necesito abrir esta puerta ahora mismo, porque tengo que ahogar á alguno entre mis manos!
—No te apures—le dijo Sotileza con acento de amarga resignación,—ya se abrirá ella á su debido tiempo, que para eso la cerraron.