El «espantajo indecente:»

—¿Qué más quisieras tú, desollaona, descamisá, que yo te consintiera tomar en boca el mi nombre?

La de la ventana:

—¡Puáa! ¡Allá va el nombre tuyo ahora mesmo!... ¡Abaja á recogerle en la basura de la calle, que la está manchandoooo!...

Y por aquí corto la muestra del paño de los procedimientos por medio de los cuales van las hembras de Mocejón enzarzando reñidoras en la pelea, y á la vez subdividiéndola en otras muchas y por otros tantos motivos diferentes entre sí; de modo que en menos de un cuarto de hora está toda la calle, como diría don Quijote, lo mismo que si se hubiera trasladado á ella la discordia del campo de Agramante, pues «allí se pelea por la espada, aquí por el jaez, acullá por el águila, acá por el yelmo, y todos pelean y todos no se entienden.» Se grita á gañote suelto, y se vomitan vocablos cuya crudeza no puede representarse por signos de ninguna especie, porque no los hay que pinten su dejo de carácter, aguardentoso, desgarrado y mal oliente á la vez. Todas las reñidoras gritan á un tiempo, y ya no se trata de responder á una agresión asquerosa con otra más desarrapada, sino de expeler, á toda fuerza de pulmón, cuantas injurias, cuantas torpezas, cuantas hediondeces se le vayan ocurriendo á cada furia de aquéllas. Para el buen éxito de estos propósitos no basta la voz humana, por recia que sea, en medio de la infernal baraúnda, y se acude al auxilio de la gimnástica, porque la simple mímica vulgar no alcanzaría tampoco. Por eso patea una mujer aquí, puesta en jarras; y allí se revuelve otra, y ata y desata diez veces seguidas el pañuelo de su cabeza; y otra se alza y se baja más allá, con los ojos encandilados y las venas del pescuezo reventando; quién se golpea desaforadamente las caderas con los puños cerrados, ó se azota el trasero con las manos abiertas; otra echa el tronco fuera de la balaustrada, y con las greñas sobre los ojos y el jubón desatacado, esgrime los dos brazos al aire; y otras, en fin, como las hembras de Mocejón, lo hacen todo ello en un instante, y mucho más todavía, sin dar paz ni sosiego á sus gargantas, ni punto de reposo á sus lenguas maldicientes.

No era nuevo este espectáculo en la calle Alta; y por no serlo, los transeuntes le daban escasa importancia al advertirle; pero al preguntar por el motivo al primer espectador arrimado á una pared ó esparrancado en medio de la acera, oían mencionar la supuesta engatada de la bodega de Mechelín, que para eso estaba allí Carpia, más atenta á propagar estos rumores por la calle, que á defender su terreno en la batalla, especialmente desde que ésta había llegado al ardor y al movimiento deseados; y los transeuntes y los curiosos de todas especies iban arrimándose y arrimándose, uno á uno y poco á poco, hasta formar espeso y ancho grupo delante de la puerta; y continuando las preguntas, se declaraban nombres y apellidos, y se aguzaba la curiosidad y sobrevenían los comentarios de rigor.

De vez en cuando, la puerta de la bodega retemblaba sacudida por adentro; y entonces en la boca de Carpia había sangrientos dicharachos para los pícaros que fingían de aquel modo estar encerrados juntos, contra su voluntad.

El lector honrado comprenderá sin esfuerzo la situación de aquellos infelices. Sotileza, en el calor del hondísimo disgusto que la produjo la llegada súbita de Andrés desalentado, confuso y balbuciente, señal de lo descabellado de su resolución; atenta sólo á reprocharle con palabras duras su temerario proceder, no oyó el poquísimo ruido que hizo la puerta de la bodega al ser cerrada por Carpia, ó le atribuyó, si llegó á fijarse en él, á causas bien diferentes de la verdadera; y por lo que toca á Andrés, ni un cañonazo le hubiera distraído del aturdimiento en que le puso la resuelta actitud de Sotileza. Tampoco le llamaron la atención las primeras y, para ella, confusas voces de Carpia dirigiéndose á su madre, pues acostumbrada la tenían las mujeres del quinto piso á oirlas dialogar harto más recio desde el balcón á la calle; pero cuando empezó á encresparse la pelamesa, y el vocerío fué más resonante, la misma gravedad de la situación en que se veía la pobre muchacha excitó su curiosidad; y dejando interrumpidas sus duras recriminaciones á Andrés, que no hallaba réplicas en sus labios, apartóse de él para observar lo que acontecía afuera, desde la misma salita. En cuanto vió la puerta cerrada al otro extremo del carrejo, se lanzó hasta ella; y al enterarse de que estaba sin llave y corrido el pasador de la cerradura, exclamó con espanto, llevando sus manos cruzadas y convulsas hasta cerca de la boca:

—¡Virgen de las Angustias!... ¡lo que han hecho conmigo!

Después miró por el ojo de la cerradura, y vió á Carpia junto á la puerta de la calle, y en derredor de ella, algunos curiosos que la interrogaban y miraban después hacia la bodega. Sintió un frío mortal en el corazón, y le faltaron alientos hasta para llamar á Andrés, que, aturdido é inmóvil, la contemplaba desde la salita. Al fin le llamó con una seña. Andrés se acercó. Sotileza, con el color de la muerte en la cara, desencajados los hermosos ojos y temblando de pies á cabeza, le dijo: