—Nada,—respondió Andrés, enderezándose y queriendo sonreir con un gran esfuerzo de su voluntad.
—Pues claro que no es nada,—observó don Pedro para tranquilizar á su mujer. Después, encorvando su cuerpo hasta interponerse entre ella y su hijo, habló á éste así, dulcificando cuanto pudo la natural rudeza de su acento:
—Bien conozco que es duro el trance en que te pongo con mi exigencia; pero ¡qué demonio! temporales más fuertes corremos los hombres, con el ánimo encogido, eso sí, pero con la cara serena... Ya ves, hay que dar ejemplo... Con que un poco de voluntad, y pecho al agua, hijo... ¿Tienes algún reparo en hablar delante de tu madre... de ciertas cosas que habrá de por medio?... ¿Quieres que se marche de aquí?... ¿Tienes más confianza con ella y quieres que me marche yo?... Con franqueza, hombre, ¡lo que tú quieras!... ¡lo que quieras, hijo, con tal de que nos saques luégo de estas ansias que nos ahogan!
—No quiero que se marche nadie—respondió Andrés,—porque nada de lo que tengo que decir es para afrentarme con ello por lo que fué en sí, aunque, por el modo de ser, se lo haya parecido á algunos.
—Pues ya te estamos oyendo—dijo el capitán.—Con que habla; pero sin ocultarnos ni una pizca de la verdad.
Aquí comenzó Andrés á relatar el caso con la mayor exactitud, y hasta con exornaciones de su cosecha, para darle más colorido de interés, con el santo fin de que resaltara, en el mayor bulto posible, la iniquidad de las hembras de Mocejón.
La capitana se tapaba los ojos con las manos al describir su hijo los alaridos de las reñidoras y la avidez de los curiosos mientras él estaba encerrado en la bodega, y cuando salió hasta el portal detrás de Sotileza, hecha una tempestad, y más tarde se lanzó á la calle viendo centellas sus ojos y pisando lumbre sus pies.
—¡Qué vergüenza, Virgen Santísima, para tí... y para todos nosotros, Andrés!—exclamó la capitana al acabar su hijo el relato.
El capitán largó un taco embreado, aunque á media vela; y, mirando con duro ceño á su hijo, le habló así:
—No está mal hecha la historia; y lo digo porque, con sólo oírtela, hubiera jurado yo que se me iba pintando de almagre toda la cara. Pero falta lo más interesante de ella, y espero que nos lo cuentes con la misma exactitud con que nos has contado lo demás.