—Pues no queda nada por referir,—dijo Andrés con bien poca sinceridad.

—¡Vaya si queda!—exclamó su padre.—Ahora tienes que decirnos á qué ibas tú á la bodega esa de la calle Alta.

—Pues iba—respondió Andrés muy vacilante y desconcertado,—á recoger unos aparejos que...

—¡Mentira, Andrés, mentira!...—le interrumpió su padre con voz y ademanes muy airados.—Por eso sólo, que pudo hacerse á otra hora cualquiera del día ó de la noche, no faltas tú, como faltaste esta mañana, á tus deberes en el escritorio. ¡Confiésanos la verdad, Andrés!

—Ya la he confesado.

—¡Te repito que mientes!

—Pero ¿qué quieren ustedes que les diga yo?—preguntó Andrés con un acento en que se confundían la contrariedad harto manifiesta y el enojo muy mal disimulado.

—La verdad, nada más que la verdad—insistió su padre.—¿Qué intenciones te llevaban á esa casa á tales horas?

—Las que me han llevado tantísimas veces,—respondió Andrés de mala gana.

—Me lo voy sospechando—dijo con voz terrible el capitán.—Pero, cuando menos, en esas otras veces había en la casa alguien más que esa mujer; tú no faltabas á tus deberes... te podía disculpar la fuerza de tus aficiones... Ahora no hay nada que te disculpe, Andrés, nada; nada de cuanto el suceso arroja de sí: todo ello te condena... Y si te callas, ¿qué es lo que debemos creer?...